La joyita enterrada

En octubre de 1904, Manhattan estrenó su primera línea de metro subterráneo. Aunque las 28 estaciones eran pintorescas y bonitas, la terminal, casi debajo del ayuntamiento fue la joya de la corona.
Diseñada por los jóvenes arquitectos George Heins y Christopher LaFarge, echaron mano a un elemento que era el último grito del momento. Utilizaron la versión de la bóveda catalana, popularizada por el arquitecto y constructor valenciano Rafael Guastavino.
Guastavino, que estaba a punto de entrar en su tercera década de triunfo en EE.UU., diseño 12 pequeñas bóvedas para la estación, que en gracia aunque no en escala es comparable a cualquiera del metro de Moscú.
Debido a su cercanía a otra estación, y al hecho de que una necesaria extensión de su corto andén hubiera destrozado su majestuosidad, fue clausurada en 1945. Justo al norte, a menos de 200 metros, está la gigantesca estación de City Hall Brooklyn Bridge.
Para ver la estación hay dos opciones. La mala y barata es esperar a que los trenes que terminan en la última den la vuelta. Sencillamente te quedas en un tren de la línea 6 y al cambiar de sentido puedes ver brevemente la estación.
La buena y cara forma de verlo es haciéndote socio del Museo de Tránsito y apuntarte a una de sus caras (y nada fáciles) giras especiales . Aunque me quejo del precio, merece la pena.
Por cierto, no permiten trípodes. Cuando empecé a hablar con uno de los maquinistas, me dijo que la fotógrafa del New York Times había sacado unas fotos espectaculares. Le pregunté que si había utilizado un trípode, me contestó que sí. Nos ha jodido, a mí también me hubieran salido muy bonitas así.
No soy lo que se dice delgado. De hecho, buena parte de mi vida adulta he sido obeso, principalmente porque soy un tragón sin disciplina. He tenido momentos esbeltos, pocos, gracias a un regimen de ejercicio severo o empleos que me obligaban a andar al menos 5 kilómetros diarios. Pero por lo demás, muy gordito y rollizo.
En 1847, la creciente grey católica de la diócesis de Nueva York trajo un problema al obispado. En Manhattan, donde vivían la inmensa mayoría de sus fieles (casi todos irlandeses recién llegados), ya sus camposantos y cementerios estaban repletos. El obispo se fijó en la aledaña Queens y compró una serie de terrenos que acabaría llamándose cementerio de Calvary.