Quizá es genético. Cuenta la familia que cuando mi abuelo Manuel Guerra se estableció en la Calle del Escorial en el madrileño barrio de Malasaña, se fijó en una vecina.
«Con ella me casaré algún día», afirmó, refiriéndose a la señorita Patrocinio Herráiz. Huelga decir que, efectivamente, se casaron.
Ambos venían de familias muy distintas. Mi abuelo, colineño, dejó su pueblo natal y se ancló en la capital gracias a su excelente caligrafía, que le abrió un sinnúmero de puertas. Mi abuela era hija de un famoso detective.
Hace ya más de 20 años, en Miami, me enamoré de un coche que tenía una línea espectacular a mi parecer. El Mitsubishi Eclipse me pareció fantástico.
Pasaron 9 años más hasta que mi fijación dio frutos, y en mayo de 2001 me compré la versión descapotable. Mucho ha llovido (y nevado) desde entonces, pero el coche va como la seda. Aunque me ha dejado tirado varias veces, todo ha sido perdonado. No me quiero comprar un modelo más reciente porque no me atrae tanto la nueva línea.
Mientras tanto, cumplo 200.000 kilómetros al volante de esta leal maravilla. Con él he pasado huracanes, inundaciones, traslados de un lado a otro de la geografía estadounidense y en ya un sinfín de ocasiones me ha rescatado de la pertinaz nieve neoyorquina.
Todos saben que si hace relativamente sol y no mucho frío, insistiré en bajar la capota para refrescarnos. Es casi un reflejo.
Puede parecer algo extraño saludar así a un coche, pero honor a lo que honor merece.
