Son las 4:30 de la tarde y estoy que no puedo más. Ya llevo 34 kilómetros andados hoy, en un día principalmente nublado pero caluroso: 33 grados.Además del calor, que me agobia desde de que empecé en un lugar de Manhattan de cuyo nombre no me quiero acordar, otros factores me afectan.
En primer lugar, ya mi figura ha dejado de ser de modelo de Reubens para situarse más en el campo de Botero. Luego hay que añadir los años, que de por sí pesan. Para colmo se me están cayendo los pantalones cortos. Ah, y gracias a la humedad me salen ronchas en las piernas, irritadas por el sudor.
Y si añadimos que acabo de doblar la esquina de Flatlands Avenue, en pleno barrio de Canarsie, uno de los más conflictivos de Brooklyn, ya el corazón se cae al suelo.
Pero sigo. Logro arrancar ocho kilómetros y pico más a la tarde, aunque de repente ha salido el sol ardiente. La brisa del nada lejano mar ayuda, y también mi tozudez: «Cuando veas la relación de paseos y solo apuntes treinta y pico kilómetros para este, te va a sentar mal», me digo.
Al final entre pitos y flautas acabo el día en 41 kilómetros. En el autobús B13 me maldigo, podría haber seguido unos dos o tres kilómetros más y de paso ahorrado tiempo.
Me estoy quedando sin lugares nuevos que recorrer en Nueva York. Se dice muy pronto en una ciudad cuya superficie es de casi 800 kilómetros cuadrados, pero es también indicativo de lo mucho que me lo he pateado.
En primer lugar, ya mi figura ha dejado de ser de modelo de Reubens para situarse más en el campo de Botero. Luego hay que añadir los años, que de por sí pesan. Para colmo se me están cayendo los pantalones cortos. Ah, y gracias a la humedad me salen ronchas en las piernas, irritadas por el sudor.
Y si añadimos que acabo de doblar la esquina de Flatlands Avenue, en pleno barrio de Canarsie, uno de los más conflictivos de Brooklyn, ya el corazón se cae al suelo.
Pero sigo. Logro arrancar ocho kilómetros y pico más a la tarde, aunque de repente ha salido el sol ardiente. La brisa del nada lejano mar ayuda, y también mi tozudez: «Cuando veas la relación de paseos y solo apuntes treinta y pico kilómetros para este, te va a sentar mal», me digo.
Al final entre pitos y flautas acabo el día en 41 kilómetros. En el autobús B13 me maldigo, podría haber seguido unos dos o tres kilómetros más y de paso ahorrado tiempo.
Me estoy quedando sin lugares nuevos que recorrer en Nueva York. Se dice muy pronto en una ciudad cuya superficie es de casi 800 kilómetros cuadrados, pero es también indicativo de lo mucho que me lo he pateado.
