El libro de Andrew Ross Sorkin, Too Big To Fail, describe en detalle la crisis de liquided del otoño de 2008. Aunque la película no está nada mal, sencillamente no puede entrar en los detalles básicos del libro, fundamentales para entender lo quue le pasó a la economía.
En julio de ese año, el nuevo director de Merrill Lynch, John Thain, descubrió que la compañía de gestión de inversiones tenía nada menos que 19 mil millones de dólares en deudas de hipotecas supbrime. Sorprendido, Thain se fue en busca de su predecesor, Stanley O'Neal. Éste le evitó como pudo pero al final tuvieron una reunión, en la cual Thain le preguntó a O'Neal por qué la empresa había adquirido esa colosal deuda, principalmente en las infames obligaciones de deudas garantizadas.
O'Neil no supo dar una respuestá a Thain, pues obviamente lo que buscaba eran ganancias y durante las vacas gordas estas obligaciones rendían mucho. Y era igual de obvio que O'Neill no tenía ni idea de lo que eran.
En otro capítulo, los dos jerifaltes de la aseguradora AIG, Robert Willumstad y Martin Sullivan, se enfrentaban también a pérdidas multimillonarias, producidas en gran parte por su oficina de productos financieros. Su director, Joseph Cassano, había aceptado un sinnúmero de permutas de incumplimiento crediticio, que básicamente garantizaban todo tipo de hipoteca subprime, hábilmente disfrazadas por las obligaciones de deudas garantizadas.
Willumstad quería un cese inmediato, pero Sullivan le convenció que Cassano permaneciera como consultor por la friolera e un millón de dólares. ASí, razonaron, no se podría ir a la compentencia, ni llevarse a nadie más del equipo. El problema inmediato era que ninguno de los dos tenía la menor idea de cómo funcionaba su departamento ni cómo había llegado a su agujero negro.
Cassano, en su finiquito, recibió 315 millones de dólares.
Como en la Alegoría de la caverna, la narrativa de Sorkin busca un héroe que no haya sido abrumado por la luz. Debido a su ignorancia o sencillamente falta de previsión, solo un participante sale bien parado. Warren Buffet se convierte en el héroe por defecto de la historia, cuando rechaza una y otra vez las tentadoras ofertas de barcos financieros a punto de naufragar. El frugal Buffet, que no tiene correo electrónico ni fax en casa, vive en la misma residencia de su natal Omaha que compró hace 53 años.
La moraleja de Too Big to Fail es aterradora porque no se encontró una solución en el momento y porque puede suceder una vez más. Las reformas, avisa el autor, han sido tímidas y el mismo escenario, provocado por la avaricia, se puede repetir en cualquier momento.
En julio de ese año, el nuevo director de Merrill Lynch, John Thain, descubrió que la compañía de gestión de inversiones tenía nada menos que 19 mil millones de dólares en deudas de hipotecas supbrime. Sorprendido, Thain se fue en busca de su predecesor, Stanley O'Neal. Éste le evitó como pudo pero al final tuvieron una reunión, en la cual Thain le preguntó a O'Neal por qué la empresa había adquirido esa colosal deuda, principalmente en las infames obligaciones de deudas garantizadas.
O'Neil no supo dar una respuestá a Thain, pues obviamente lo que buscaba eran ganancias y durante las vacas gordas estas obligaciones rendían mucho. Y era igual de obvio que O'Neill no tenía ni idea de lo que eran.
En otro capítulo, los dos jerifaltes de la aseguradora AIG, Robert Willumstad y Martin Sullivan, se enfrentaban también a pérdidas multimillonarias, producidas en gran parte por su oficina de productos financieros. Su director, Joseph Cassano, había aceptado un sinnúmero de permutas de incumplimiento crediticio, que básicamente garantizaban todo tipo de hipoteca subprime, hábilmente disfrazadas por las obligaciones de deudas garantizadas.
Willumstad quería un cese inmediato, pero Sullivan le convenció que Cassano permaneciera como consultor por la friolera e un millón de dólares. ASí, razonaron, no se podría ir a la compentencia, ni llevarse a nadie más del equipo. El problema inmediato era que ninguno de los dos tenía la menor idea de cómo funcionaba su departamento ni cómo había llegado a su agujero negro.
Cassano, en su finiquito, recibió 315 millones de dólares.
Como en la Alegoría de la caverna, la narrativa de Sorkin busca un héroe que no haya sido abrumado por la luz. Debido a su ignorancia o sencillamente falta de previsión, solo un participante sale bien parado. Warren Buffet se convierte en el héroe por defecto de la historia, cuando rechaza una y otra vez las tentadoras ofertas de barcos financieros a punto de naufragar. El frugal Buffet, que no tiene correo electrónico ni fax en casa, vive en la misma residencia de su natal Omaha que compró hace 53 años.
La moraleja de Too Big to Fail es aterradora porque no se encontró una solución en el momento y porque puede suceder una vez más. Las reformas, avisa el autor, han sido tímidas y el mismo escenario, provocado por la avaricia, se puede repetir en cualquier momento.
