Una abundante mayoría de la opinión pública francesa, que sobrepasa el 57 por ciento, cree que Dominique Strauss-Kahn es víctima de una conspiración. A mí me fascinan estas opiniones, que don Guillermo de Ockham tanto desdeñaría.
Por ahora, las pruebas van por otra parte. El ex jefe del Fondo Monetario Internacional está acusado de no solo acosar y forzar sexo oral a su víctima (una señora de la limpieza del Sofitel de Times Square), sino de además de impedir su huida (delito de secuestro).
La mayoría encuestada por la agencia CSA hace caso omiso a las pruebas y sencillamente señala al presidente Nicolas Sarkozy como el fautor de estas obras. Cada cual es libre de pensar lo que se quiera, pero además de echar de lado la lógica, hacen la vista gorda al abundante expediente de Strauss-Kahn, que señala varios antecedenten que cuadran con las acusaciones pendientes.
Y de último, la fe que tienen estos señores en la capacidad maquiavélica de Nicolas Sarkozy es imponente. Si Strauss-Kahn hubiera compartido esta desconfianza, quizá se tendría que haber hospedado en un Sheraton o Hilton en lugar del Sofitel.
Como diría otro francés, no eches la culpa a la maldad por aquello que puede ser explicado por la incompentencia. Lo peor de todo esto es la denunciante, una inmigrante africana seropositiva que teme ser deportada. Cuando lees los relatos de sus compañeros de trabajo en el hotel de cómo la encontraron se te ponen los pelos de punta.
Por ahora, las pruebas van por otra parte. El ex jefe del Fondo Monetario Internacional está acusado de no solo acosar y forzar sexo oral a su víctima (una señora de la limpieza del Sofitel de Times Square), sino de además de impedir su huida (delito de secuestro).
La mayoría encuestada por la agencia CSA hace caso omiso a las pruebas y sencillamente señala al presidente Nicolas Sarkozy como el fautor de estas obras. Cada cual es libre de pensar lo que se quiera, pero además de echar de lado la lógica, hacen la vista gorda al abundante expediente de Strauss-Kahn, que señala varios antecedenten que cuadran con las acusaciones pendientes.
Y de último, la fe que tienen estos señores en la capacidad maquiavélica de Nicolas Sarkozy es imponente. Si Strauss-Kahn hubiera compartido esta desconfianza, quizá se tendría que haber hospedado en un Sheraton o Hilton en lugar del Sofitel.
Como diría otro francés, no eches la culpa a la maldad por aquello que puede ser explicado por la incompentencia. Lo peor de todo esto es la denunciante, una inmigrante africana seropositiva que teme ser deportada. Cuando lees los relatos de sus compañeros de trabajo en el hotel de cómo la encontraron se te ponen los pelos de punta.
