Hace 128 años hoy, tras una historia de película, se inauguró el Puente de Brooklyn. Hoy nos parece más que nada entrañable, con sus arcos neogóticos. Pero cuando se puso en uso en 1883, era todo un portento de la ingeniería. Durante dos décadas sus 1.825 metros (486 de ellos entre torre y torre) le convirtieron en el puente colgante más largo del mundo.Su línea señorial y neogótica le han convertido en el puente más simbólico de Nueva York, y para muchos turistas (a juzgar por como se pone todas las noches sin falta) es una visita obligada.
Su construcción no solo se llevó por delante a 27 obreros y capataces, sino también a su diseñador, August Roebling. Roebling murió del tétano cuando medía los futuros cimientos y no se fijó en el ferry que aplastó su pie contra el muelle. Al ser una tecnología tan nueva, los inversores se fijaron en el hijo del ingeniero alemán,Washington Roebling.
La obra de 15 años acabó llevando a Roebling hijo, quien al empezar la construcción sufrió un ataque de enfermedad de descompresión (los obreros crearon dos cámaras de aire en el fondo de la bahía del East River para fijar las bases) y se quedó prácticamente paralizado. Durante casi 13 años Washington Roebling dirigió el proyecto con un telescopio desde su casa en Brooklyn Heights y enviaba a su mujer con recados a los capataces y jefe de obra.
La fascinante historia tiene un lugar especial para la corrupción. Los proveedores enchufados brindaron acero de poca calidad, y esto no se supo hasta que estaba colocado en el puente. Pero Roebling había calculado una tensión diez veces superior a la necesitada y al final no hizo falta ningún remozamiento. El puente duró 67 años sin necesitar una reforma estructural, hasta que la era del camión obligó a un reforzamiento.
Hoy en día es uno de mis paseos favoritos (pese a los turistas), aunque para verlo mejor es preferible ir por la pasarela peatonal de su vecino Puente de Manhattan.
