Hace casi 21 años, en un paraje de la Cordillera Central dominicana, tras varias aventuras excepcionales, tuve un percance mecánico con un coche. Mientras espera ba un mecánico, una nube de mosquitos descendió sobre mí. El resto de los tres días de las minivacaciones se pasaron entre mecánicos, viajes al lugar de los hechos y muchas pomadas para las picaduras.
Ayer me pasó algo parecido. La falta de cautela, empujada por el éxito de otros paseos, me empujó al error.
Primero fueron las lluvias, torrenciales al principio y luego ya más suaves, que me dejaron calado. Llevaba paraguas pero nada me preparó para el agua, que me caló casi todo.
A las ocho de la mañana tomo la decisión de seguir. Pienso que va a escampar y que con el calor que vendrá y procedo. Pero no tengo en cuenta que voy a tomar uno de los senderos del parque Pelham Bay, en la franja noreste de la ciudad.
El sendero no es largo, apenas dos kilómetros, pero no estoy preparado. Nada más entrar, cuando por fin escampa, me asola una nube de mosquitos. Estos zancudos no son nada tímidos, como sus primos urbanos. Mato sin problemas (y sin exagerar) a por lo menos 30 a palmada pura, mientras se posan en mis brazos para picarme.
Para colmo, el sendero está lleno de charcos, zarzas y barro. Salgo por fin a la «civilización» en el club de campo de Split Rock. Como es un club de golf público, varios golfistas me miran curiosos mis piernas cubiertas de lodo y algo de sangre.
Soy muy terco, y decido seguir.Por varios minutos me sale bien. Llego a los jardines de la mansión Pelham, y logro sentarme a la sombra, al lado de la fuente. Jauja. Los mosquitos parecen una pesadilla, el día me va a ir muy bien, aunque tenga los zapatos llenos de barro y empapadísimos.
Pero ya en City Island, cuando empiezo a sumar kilómetros, me doy cuenta de lo cansado que estoy. En la esquina suroeste del parque de Pelham Bay ya me doy cuenta que me he quedado sin gasolina. Me duelen los pies, me pican los brazos y gracias a la lluvia, los muslos me rozan sin piedad.
Me pregunto, preocupado, cómo pude haber andado 44 kilómetros hace cuatro semanas, pero hoy con apenas veintialgo esté agotado. No tengo en cuenta la lluvia, los mosquitos y el calor. Rozamos los 31 grados y con la humedad el calor se siente mucho más.
Hoy estoy quemado y lleno de picaduras y un par de ampollas en los pies. ¡Viva la aventura!
Ayer me pasó algo parecido. La falta de cautela, empujada por el éxito de otros paseos, me empujó al error.
Primero fueron las lluvias, torrenciales al principio y luego ya más suaves, que me dejaron calado. Llevaba paraguas pero nada me preparó para el agua, que me caló casi todo.
A las ocho de la mañana tomo la decisión de seguir. Pienso que va a escampar y que con el calor que vendrá y procedo. Pero no tengo en cuenta que voy a tomar uno de los senderos del parque Pelham Bay, en la franja noreste de la ciudad.
El sendero no es largo, apenas dos kilómetros, pero no estoy preparado. Nada más entrar, cuando por fin escampa, me asola una nube de mosquitos. Estos zancudos no son nada tímidos, como sus primos urbanos. Mato sin problemas (y sin exagerar) a por lo menos 30 a palmada pura, mientras se posan en mis brazos para picarme.
Para colmo, el sendero está lleno de charcos, zarzas y barro. Salgo por fin a la «civilización» en el club de campo de Split Rock. Como es un club de golf público, varios golfistas me miran curiosos mis piernas cubiertas de lodo y algo de sangre.
Soy muy terco, y decido seguir.Por varios minutos me sale bien. Llego a los jardines de la mansión Pelham, y logro sentarme a la sombra, al lado de la fuente. Jauja. Los mosquitos parecen una pesadilla, el día me va a ir muy bien, aunque tenga los zapatos llenos de barro y empapadísimos.
Pero ya en City Island, cuando empiezo a sumar kilómetros, me doy cuenta de lo cansado que estoy. En la esquina suroeste del parque de Pelham Bay ya me doy cuenta que me he quedado sin gasolina. Me duelen los pies, me pican los brazos y gracias a la lluvia, los muslos me rozan sin piedad.
Me pregunto, preocupado, cómo pude haber andado 44 kilómetros hace cuatro semanas, pero hoy con apenas veintialgo esté agotado. No tengo en cuenta la lluvia, los mosquitos y el calor. Rozamos los 31 grados y con la humedad el calor se siente mucho más.
Hoy estoy quemado y lleno de picaduras y un par de ampollas en los pies. ¡Viva la aventura!
