En pocos días se cumplen cuatro años desde que elegimos el apartamento donde vivimos y en dos semanas nuestro cuarto aniversario de vivir en Nueva York.
No nos hemos movido de ninguno de los dos sitios desde entonces, y por supuesto, ya viene el balance de lo experimentado, que tanto me gusta hacer en este blog.
Me imaginé muchas cosas cuando vine a vivir a Nueva York, todas modeladas en experiencias pasadas que no salieron bien.
Supuse que me iba a adaptar al modelo del transporte público, como hice en Madrid, y conducir menos. Error craso. Ahora conduzco más que lo que hacía en Miami. Eso sí, los fines de semana casi nunca toco el coche, salvo que tengamos visita.
Me imaginé que me iba a quedar en casa como buen canceriano los fines de semana, como hacía en Miami. Nada de eso, cada vez paseo más y me siento algo agobiado cuando paso un día entero metido en casa; y eso que es más espaciosa y cómoda que la de Miami.
Creía que ibamos a cocinar más en casa y ha pasado todo lo contrario, salir todos los fines de semana a descubrir un lugar bueno y bonito es toda una aventura.
Eso sí, me he dejado sobrecoger por el síndrome de desarraigo que tiene esta ciudad. Hace seis años cené con una amistad que no había visto desde que partió de Miami hasta aquí. Era otra persona, parecía mentira cómo sus aspiraciones iniciales se habían transformado en una máquina semisibarita de supervivencia, obviando sus sueños y proyectos.
Vivir en Nueva York es peligroso en el sentido que pierdes la proyección externa. Sencillamente sabes que estás en la mejor ciudad del mundo (por lo menos para ti) y pierdes algo de la ambición de conocer otros sitios. De todas las trasformaciones, ésta es la que más me ha sorprendido.
No tengo ganas de volver a Yellowstone, ni al Gran Cañón ni a la costa del Pacífico, tan solo sueño con visitar el Jardín Botánico en el más negro corazón del Bronx, en comer otra vez en el restaurante de las nonas de Staten Island o con pasarme un día entero de verdad en el Metropolitan.
Son, por su parte, aspiraciones tan concretas como factibles. En cierto modo, en una ciudad que peca constantemente de inmodestia, me he vuelto modesto.
No nos hemos movido de ninguno de los dos sitios desde entonces, y por supuesto, ya viene el balance de lo experimentado, que tanto me gusta hacer en este blog.
Me imaginé muchas cosas cuando vine a vivir a Nueva York, todas modeladas en experiencias pasadas que no salieron bien.
Supuse que me iba a adaptar al modelo del transporte público, como hice en Madrid, y conducir menos. Error craso. Ahora conduzco más que lo que hacía en Miami. Eso sí, los fines de semana casi nunca toco el coche, salvo que tengamos visita.
Me imaginé que me iba a quedar en casa como buen canceriano los fines de semana, como hacía en Miami. Nada de eso, cada vez paseo más y me siento algo agobiado cuando paso un día entero metido en casa; y eso que es más espaciosa y cómoda que la de Miami.
Creía que ibamos a cocinar más en casa y ha pasado todo lo contrario, salir todos los fines de semana a descubrir un lugar bueno y bonito es toda una aventura.
Eso sí, me he dejado sobrecoger por el síndrome de desarraigo que tiene esta ciudad. Hace seis años cené con una amistad que no había visto desde que partió de Miami hasta aquí. Era otra persona, parecía mentira cómo sus aspiraciones iniciales se habían transformado en una máquina semisibarita de supervivencia, obviando sus sueños y proyectos.
Vivir en Nueva York es peligroso en el sentido que pierdes la proyección externa. Sencillamente sabes que estás en la mejor ciudad del mundo (por lo menos para ti) y pierdes algo de la ambición de conocer otros sitios. De todas las trasformaciones, ésta es la que más me ha sorprendido.
No tengo ganas de volver a Yellowstone, ni al Gran Cañón ni a la costa del Pacífico, tan solo sueño con visitar el Jardín Botánico en el más negro corazón del Bronx, en comer otra vez en el restaurante de las nonas de Staten Island o con pasarme un día entero de verdad en el Metropolitan.
Son, por su parte, aspiraciones tan concretas como factibles. En cierto modo, en una ciudad que peca constantemente de inmodestia, me he vuelto modesto.
