Cualquier persona que me conoce sabe que soy un perfecto desastre en lo que a la organización se refiere. Sólo hace falta apreciar mi oficina, coche o buró en casa para ver el grado de desarreglo. Pero para las cosas que me gustan soy excesivamente puntilloso y organizado.Una de estas facetas son mis paseos. Desde que empecé en serio a dar vueltas por Nueva York hace dos y medio, apunto mis trayectos en una hoja de cálculo y actualizo mis paseos en un mapa. Esto todo lleva a competir conmigo mismo. Si el año pasado anduve 1222 kilómetros, obviamente ese tengo que andar más.
Si en 2010 tuve cinco paseos de más de 40 kilómetros, en 2011 debo tener por lo menos el doble. Es parte del carácter competitivo de estas cosas, aunque si te pones a pensar un poco es algo ridículo. Hay fines de semana en los que llueve o me quedo en casa sin pasear y me doy cuenta que estoy por debajo de los totales del año pasado, y ya me pongo nervioso.
Por otra parte, estos paseos son mi terapia. Aparte de reencontrarme con la ciudad, el momento me permite despejar mi mente.
