Cuando me mudé a Nueva York hace cuatro años, pensé que la fotografía sería una buena evasión, una forma de documentar mis escapes urbanos. Una vez que me puse a andar en serio y a recorrerme los muchos rincones de esta gigantesca ciudad, esa obsesión trajo de la mano a otra, sacar fotos. No me considero un gran fotógrafo porque, al igual que con otras cosas de mi vida, la impaciencia lo estropea todo.
Si dedicara más tiempo no solo a encuadrar bien la foto sino posteriormente a editarla y pulirla, sería mucho mejor. Pero el caso es que he compensado la calidad con la cantidad. Aunque no saque muy buenas fotos, siempre tendré el volumen que me apoye y brinde algunas tomas excelentes entre muchas. El caso es que el hobby ya se ha pasado de castaño oscuro y ahora es toda una obsesión. No solo voy a hablar de la compra de fotos (que cada vez es más frecuente) sino que además del tipo de persona que se pone en contacto conmigo.
Hoy recibí un correo electrónico de un señor en Ohio, coméntandome que sus padres eran feligreses de una parroquia luterana en Williamsburg, y pidiéndome una foto de la misma. Hace algunos meses, demostrando que este mundo no solo es un pañuelo sino que además la privacidad es un concepto fantasioso, me llegó una carta por correo ordinario de una señora de Arizona cuyos antepasados habían construido una casa en Queens. Francamente no sé cómo dio con mis datos, pues mi dirección física no está publicada en ninguna parte (no tengo teléfono tradicional en casa y no soy propietario), pero me localizó de una forma tan tradicional como espeluznante.
No suelo fotografiar personas sino inmuebles, creyendo que los objetos inanimados no tienen vida, pero para algunos representan un nexo importante con el pasado. Y cada vez me lo dicen más personas.
En resumen, en la ciudad más fotografiada del mundo, la fotografía bien puede ser un negocio para un forastero. Qué curioso.
Si dedicara más tiempo no solo a encuadrar bien la foto sino posteriormente a editarla y pulirla, sería mucho mejor. Pero el caso es que he compensado la calidad con la cantidad. Aunque no saque muy buenas fotos, siempre tendré el volumen que me apoye y brinde algunas tomas excelentes entre muchas. El caso es que el hobby ya se ha pasado de castaño oscuro y ahora es toda una obsesión. No solo voy a hablar de la compra de fotos (que cada vez es más frecuente) sino que además del tipo de persona que se pone en contacto conmigo.
Hoy recibí un correo electrónico de un señor en Ohio, coméntandome que sus padres eran feligreses de una parroquia luterana en Williamsburg, y pidiéndome una foto de la misma. Hace algunos meses, demostrando que este mundo no solo es un pañuelo sino que además la privacidad es un concepto fantasioso, me llegó una carta por correo ordinario de una señora de Arizona cuyos antepasados habían construido una casa en Queens. Francamente no sé cómo dio con mis datos, pues mi dirección física no está publicada en ninguna parte (no tengo teléfono tradicional en casa y no soy propietario), pero me localizó de una forma tan tradicional como espeluznante.
No suelo fotografiar personas sino inmuebles, creyendo que los objetos inanimados no tienen vida, pero para algunos representan un nexo importante con el pasado. Y cada vez me lo dicen más personas.
En resumen, en la ciudad más fotografiada del mundo, la fotografía bien puede ser un negocio para un forastero. Qué curioso.

Comentarios ( 1)
Que bueno Emilio. Tus fotos son buenas, muestran la ciudad con tus ojos y eso está bueno.
Por andrea | 12 de Marzo 2011 a las 04:14 PM