
Históricamente, Nueva York tuvo dos barrios o zonas de escape de las familias pudientes en el que se evitaba el jolgorio urbano por algo más tranquilo. El primero fue Greenwich Village, y resulta encantador leer las crónicas de principios del siglo XIX en las que se relataban el aire fresco y la tranquilidad de pueblo del Village. Manhattan se tragó al Village en las tres primeras décadas de ese siglo y lo que queda es solo la arquitectura.
Al sufrir tantas metamorfosis (base de estibadores, zona bohemia, barrio gay y el actual barrio universitario en parte) de la tranquilidad del Village queda muy poco. Hay que buscar mucho en sus recodos para encontrar cierta paz, pero se logra.
El otro barrio de escape es Brooklyn Heights. Al estar en la costa de enfrente de Manhattan, la zona no ha sufrido tanto ajetreo histórico. Y aunque queda también la arquitectura de sus preciosas casas, no se vislumbra nada del ambiente de juerga constante del village. El sábado fuimos a visitar a unos amigos que viven ahí, y lo que más me chocó (como siempre) es la paz. Hasta las farolas alumbran poco para no despertar a nadie.
Cierto, también el barrio ejerce un poco el exhibicionismo. Muchas casas no tienen cortinas para que el peatón vea los maravillosos salones y espaciosas alcobas.
A finales de 2003, cuando empecé en serio a considerar vivir en Nueva York, el barrio que más me atraía era Brooklyn Heights. Aparte de sus preciosas y tranquilísimas calles, a una parada de metro de Wall Street, tiene un delicioso malecón y mirador desde donde se observa todo Manhattan.
Aún me atrae, quién sabe, quizá algún día me compense vivir ahí.
