Aunque las vi cuando salieron hace más de un año, en segunda mirada las he disfrutado bastante más.
El secreto de sus ojos maneja la complicada y frustradísima investigación de un terrible homicidio en Buenos Aires. Pero esa es solo la excusa para que Juan José Campanella lance sus extensas redes en la trama, atando cada vez más con todos los giros de sus personajes e interpretaciones exquisitas.
Campanella, como buen canceriano, es sentimental y detallista. Esa virtud (o defecto, según se mire) hace que sus actores secundarios hagan las interpretaciones de sus vidas. Héctor Alterio hizo algo parecido en El hijo de la novia y aquí le toca a Guillermo Francella robarse la película con una gran escena tras otra.
Aunque esta tiene muchos esquemas de hijo de la novia, la fotografía avanza con grandes y atrevidas escenas (la increíble del estadio del Rácing Club de Avellaneda, que parece ser una sola toma y la del interrogatorio).
Al final, sale a flote la teoría de las segundas oportunidades, o mejor aún, de rescatar la oportunidad desaprovechada, tan vigente en El hijo de la novia. Me la han criticado por su hilvanado final, lo cual es válido, pero también hay que tener en cuenta que ha tenido su precio. Los personajes lo alcanzan a base de gran sacrificio y riesgo, o sea que no se puede tildar, ni mucho menos, de final hollywoodense.
Hablando de final feliz, Sugar es la antítesis de película deportiva. Sigue los pasos de Miguel «Sugar» Santos, un lanzador dominicano que aspira a jugar en las grandes ligas de béisbol estadounidenses. Santos, como buen nativo de San Pedro de Macorís, tiene talento y después de ser entrenado en la vida estadounidense, acaba en un equipo de tercera en un pueblo de Iowa.
Sugar se intenta adaptar, de mala manera, a las nuevas costumbres pero entre la morriña y su mal juego, su peculiar sueño americano se resquebraja. Los directores y guionistas, Anna Boden y Ryan Fleck, no tienen interés alguno en narrar una falsa victoria deportiva. Más bien quieren encuadrar cómo Sugar pasa de soñar con triunfar en el béisbol a una vida nueva y nada acomodada en el Bronx.
El final de Sugar es neoyorquino como pocos, porque muestra cómo un grupo de lavanderos, taxistas y carpinteros que en su día aspiraron a las grandes ligas, viven un poco de su sueño en los campos aledaños al Yankee Stadium. Pese al fracaso, se han reinventado en Nueva York y prosperan modestamente. No cuenta las historias de la Quinta Avenida, sino que se ciñe al más real Grand Concourse.
El secreto de sus ojos maneja la complicada y frustradísima investigación de un terrible homicidio en Buenos Aires. Pero esa es solo la excusa para que Juan José Campanella lance sus extensas redes en la trama, atando cada vez más con todos los giros de sus personajes e interpretaciones exquisitas.
Campanella, como buen canceriano, es sentimental y detallista. Esa virtud (o defecto, según se mire) hace que sus actores secundarios hagan las interpretaciones de sus vidas. Héctor Alterio hizo algo parecido en El hijo de la novia y aquí le toca a Guillermo Francella robarse la película con una gran escena tras otra.
Aunque esta tiene muchos esquemas de hijo de la novia, la fotografía avanza con grandes y atrevidas escenas (la increíble del estadio del Rácing Club de Avellaneda, que parece ser una sola toma y la del interrogatorio).
Al final, sale a flote la teoría de las segundas oportunidades, o mejor aún, de rescatar la oportunidad desaprovechada, tan vigente en El hijo de la novia. Me la han criticado por su hilvanado final, lo cual es válido, pero también hay que tener en cuenta que ha tenido su precio. Los personajes lo alcanzan a base de gran sacrificio y riesgo, o sea que no se puede tildar, ni mucho menos, de final hollywoodense.
Hablando de final feliz, Sugar es la antítesis de película deportiva. Sigue los pasos de Miguel «Sugar» Santos, un lanzador dominicano que aspira a jugar en las grandes ligas de béisbol estadounidenses. Santos, como buen nativo de San Pedro de Macorís, tiene talento y después de ser entrenado en la vida estadounidense, acaba en un equipo de tercera en un pueblo de Iowa.
Sugar se intenta adaptar, de mala manera, a las nuevas costumbres pero entre la morriña y su mal juego, su peculiar sueño americano se resquebraja. Los directores y guionistas, Anna Boden y Ryan Fleck, no tienen interés alguno en narrar una falsa victoria deportiva. Más bien quieren encuadrar cómo Sugar pasa de soñar con triunfar en el béisbol a una vida nueva y nada acomodada en el Bronx.
El final de Sugar es neoyorquino como pocos, porque muestra cómo un grupo de lavanderos, taxistas y carpinteros que en su día aspiraron a las grandes ligas, viven un poco de su sueño en los campos aledaños al Yankee Stadium. Pese al fracaso, se han reinventado en Nueva York y prosperan modestamente. No cuenta las historias de la Quinta Avenida, sino que se ciñe al más real Grand Concourse.
