De todos los puentes que tiene la ciudad, es el más antiguo y famoso. Su construcción llevó casi 15 años y no sólo se llevó por delante a su diseñador, John Roebling, sino también casi a su hijo Washington, ingeniero en jefe de la obra. Debilitado por el síndrome de descompresión en una de sus bases, Washington quedó recluido en su apartamento de Brooklyn Heights, y dirigió los últimos años de la obra en bata y con catalejo, ayudado por su mujer Emily, quien visitaba el puente a diario transmitiendo las órdenes de su marido.
Con su estilo gótico, es el primer gran símbolo de Nueva York como ciudad pujante, ya que en su inauguración en 1883 fue el puente colgante más largo del mundo: 1.825 metros, con un gálibo de 41 metros.
Sus puntiagudos arcos neogóticos han sobrevivido bien el paso del tiempo. Su mejor legado, es que no tuvo que ser reformado hasta los años 50 del siglo pasado, y eso que no fue diseñado para el tráfico de automóviles.

