Confieso que soy un mal conductor por muchos motivos. Primero me distraigo muy fácilmente y es casi un milagro que no me haya metido más tortazos (llevo cinco años sin accidentes serios y eso es todo un hito). Aparte, soy muy impaciete para los atascos y eso de buscar estacionamiento todas las noches por mi casa lo llevo fatal. Pero antecedentes no me faltan.
Cuando vivía en Alcobendas, en las afueras de Madrid durante uno de los momentos más bajos de mi vida, encontrar aparcamiento era uno de los peores suplicios destinados al conductor. A partir de las 6 ó las 7 de la noche era como si todas las plazas disponibles se evaporaran, y aún en la lejana Avenida de España era imposible conseguir algo. A veces tenía que recorrer un kilómetro para encontrar algo y volver a pie a ese cuchitril de la Calle Huesca donde vivía.
En Queens no es tan complicado, pero a veces me lo parece. Y lo peor es que después de irme lejos, ya en la caminata de vuelta a casa, veo que alguien sale o acaba de salir. Con eso se puede dar una clase filosófica. ¿Qué hacer? ¿Volver a por el coche e intentar aparcarlo ahí? ¿Resignarse?
La respuesta siempre es la segunda, no tanto por falta de ganas sino porque es muy posible que la plaza desaparezca en lo que tarde en volver. En cierto modo es como la vida misma, las oportunidades que se nos ofrecen son muy personales y efímeras.
Cuando vivía en Alcobendas, en las afueras de Madrid durante uno de los momentos más bajos de mi vida, encontrar aparcamiento era uno de los peores suplicios destinados al conductor. A partir de las 6 ó las 7 de la noche era como si todas las plazas disponibles se evaporaran, y aún en la lejana Avenida de España era imposible conseguir algo. A veces tenía que recorrer un kilómetro para encontrar algo y volver a pie a ese cuchitril de la Calle Huesca donde vivía.
En Queens no es tan complicado, pero a veces me lo parece. Y lo peor es que después de irme lejos, ya en la caminata de vuelta a casa, veo que alguien sale o acaba de salir. Con eso se puede dar una clase filosófica. ¿Qué hacer? ¿Volver a por el coche e intentar aparcarlo ahí? ¿Resignarse?
La respuesta siempre es la segunda, no tanto por falta de ganas sino porque es muy posible que la plaza desaparezca en lo que tarde en volver. En cierto modo es como la vida misma, las oportunidades que se nos ofrecen son muy personales y efímeras.

Comentarios ( 2)
Todo un descubrimiento el que hayas vivido en esa localidad cercana a Madrid, por lo que me sorprende lo de la "morriña".
En cuanto a las oportunidades, en buena medida están ligadas a la suerte, que en ocasiones es cruel, a veces injusta, pero otras providencial, y poco o nada tiene que ver con nuestro esfuerzo, sino no es suerte.
Por javier | 18 de Noviembre 2010 a las 04:05 AM
Pues obviamente no siento morriña por Alcobendas, donde viví unos pocos y angustiosos meses. Es un lugar al que jamás me gustaría volver.
Por Emilio | 18 de Noviembre 2010 a las 07:43 AM