El gobernador de la Nueva Ámsterdam, pata de palo Peter Stuyvesant, estaba harto. A diferencia que en el resto del Nuevo Mundo, en su colonia corría un aire de libertad religiosa que se aproximaba más a su metrópoli holandesa que a sus vecinos, tanto del norte como del sur.
Por las angostas calles de su pueblo convivían en paz tanto reformistas holandeses como católicos, anglicanos y, hororr de los horrores, judíos. Un tal Asser Levy, sefardita valiente, se negó a pagar impuestos hasta que fuera tratado como un burgher más. Ganó. Y aunque su congregación sefardita, Shearit Israel las pasaría canutas en los siguientes años, un jesuita español que pasó por la reducida urbe se quejó anónima y amargamente de que tal convivencia no solo era herética sino peligrosa.
Pero entonces en un pueblo de su dominios, colonizado por ingleses, se decidió dar pie a los peligrosos cuáqueros. Además de no respetar coronas ni mandos, los cuáqueros eran pacifistas. Esto colmó el vaso de Pata de Palo Stuyvesant, que decretó que los cuáqueros no podían rendir culto en la villa de Flushing, hija de la Vlissingen (Flesinga) holandesa.
Los vecinos de Flushing se dieron cuenta que las bardas de sus vecinos empezaban a arder, y redactaron una querella contra el bando de Stuyvesant en diciembre de 1657. Ni corto (salvo por su pierna derecha) ni perezoso, el gobernador mandó encarcelar a los 23 firmantes de la carta.
En aquel entonces las cosas de palacio iban despacio y la querella tardó lo suyo en llegar a Ámsterdam. Lo hizo mediante una apelación de John Bowne, que había sido desterrado de la colonia. En la capital, la Compañía Neerlandesa de las Indias Occidentales, propietaria de lo que posteriormente se llamaría Nueva York, dictó que el gobernador erraba y que debería renunciar a toda persecución religiosa en Nueva Ámsterdam.
Cuando los ingleses invadieron en 1664, sus condiciones fueron magnánimas, tanto así que el derrotado Stuyvesant decidió quedarse en su Bowery, o granja, en las afueras de la ciudad antes que volver a su Holanda natal. Allí murió ocho años más tarde, cerca de un peral que le sobrevivió durante dos siglos. Los ingleses dejaron a pata de palo y a todas las religiones en paz, salvo por exigir un diezmo universal para la iglesia anglicana y el desquite a sus enemigos españoles.
La única excepción a esta libertad fueron los católicos romanos, cuyas suertes cambiaron a medida que en Londres cambiaron de política. De tener un gobernador católico (Thomas Dongan) la colonia británica sufrió la misma intolerancia anticatólica que su metrópoli durante casi 70 años en los que estuvo prohibido cantar misa públicamente.
Con la salida de los ingleses en 1783, se terminó el diezmo y el antirromanismo. En Nueva York quedan numerosas señales de esta pugna por la libertad de culto. Los sefarditas tienen todavía su cementerio, fundado en 1683, al pie del Puente de Brooklyn. En Flushing, tanto el templo de los cuáqueros como la casa de Bowne siguen en pie.
La primera iglesia católica de la ciudad tras la independencia, San Pedro, sigue en pie y está a una manzana de la Zona Cero.
De la granja o bowery de Pata de Palo Stuyvesant nada queda, salvo una iglesia que posteriormente fue reconstruida, la actual San Marcos del Bowery. La avenida que lleva (casi) hasta las puertas de la iglesia tiene también el nombre de Bowery. Un poco más al este se levanta una bonita plaza en nombre del malhadado gobernador.
Por las angostas calles de su pueblo convivían en paz tanto reformistas holandeses como católicos, anglicanos y, hororr de los horrores, judíos. Un tal Asser Levy, sefardita valiente, se negó a pagar impuestos hasta que fuera tratado como un burgher más. Ganó. Y aunque su congregación sefardita, Shearit Israel las pasaría canutas en los siguientes años, un jesuita español que pasó por la reducida urbe se quejó anónima y amargamente de que tal convivencia no solo era herética sino peligrosa.
Pero entonces en un pueblo de su dominios, colonizado por ingleses, se decidió dar pie a los peligrosos cuáqueros. Además de no respetar coronas ni mandos, los cuáqueros eran pacifistas. Esto colmó el vaso de Pata de Palo Stuyvesant, que decretó que los cuáqueros no podían rendir culto en la villa de Flushing, hija de la Vlissingen (Flesinga) holandesa.
Los vecinos de Flushing se dieron cuenta que las bardas de sus vecinos empezaban a arder, y redactaron una querella contra el bando de Stuyvesant en diciembre de 1657. Ni corto (salvo por su pierna derecha) ni perezoso, el gobernador mandó encarcelar a los 23 firmantes de la carta.
En aquel entonces las cosas de palacio iban despacio y la querella tardó lo suyo en llegar a Ámsterdam. Lo hizo mediante una apelación de John Bowne, que había sido desterrado de la colonia. En la capital, la Compañía Neerlandesa de las Indias Occidentales, propietaria de lo que posteriormente se llamaría Nueva York, dictó que el gobernador erraba y que debería renunciar a toda persecución religiosa en Nueva Ámsterdam.
Cuando los ingleses invadieron en 1664, sus condiciones fueron magnánimas, tanto así que el derrotado Stuyvesant decidió quedarse en su Bowery, o granja, en las afueras de la ciudad antes que volver a su Holanda natal. Allí murió ocho años más tarde, cerca de un peral que le sobrevivió durante dos siglos. Los ingleses dejaron a pata de palo y a todas las religiones en paz, salvo por exigir un diezmo universal para la iglesia anglicana y el desquite a sus enemigos españoles.
La única excepción a esta libertad fueron los católicos romanos, cuyas suertes cambiaron a medida que en Londres cambiaron de política. De tener un gobernador católico (Thomas Dongan) la colonia británica sufrió la misma intolerancia anticatólica que su metrópoli durante casi 70 años en los que estuvo prohibido cantar misa públicamente.
Con la salida de los ingleses en 1783, se terminó el diezmo y el antirromanismo. En Nueva York quedan numerosas señales de esta pugna por la libertad de culto. Los sefarditas tienen todavía su cementerio, fundado en 1683, al pie del Puente de Brooklyn. En Flushing, tanto el templo de los cuáqueros como la casa de Bowne siguen en pie.
La primera iglesia católica de la ciudad tras la independencia, San Pedro, sigue en pie y está a una manzana de la Zona Cero.
De la granja o bowery de Pata de Palo Stuyvesant nada queda, salvo una iglesia que posteriormente fue reconstruida, la actual San Marcos del Bowery. La avenida que lleva (casi) hasta las puertas de la iglesia tiene también el nombre de Bowery. Un poco más al este se levanta una bonita plaza en nombre del malhadado gobernador.

Comentarios ( 1)
Todo eso hasta que llegó el Islam, que si es un autentico peligro
Por javier | 1 de Diciembre 2010 a las 09:14 AM