Hace algunas semanas un amigo reconoció su culpa utilizando la frase «Mi malo». Independiente de la extraña construcción de la misma y de su curiosa historia (el baloncestista de origen sudanés Manute Bol introdujo la frase al inglés, en el cual está bastante aceptada como jerga), me chocó que viniera de un hispanohablante culto en un país donde se habla castellano.
Durante años he sido guardián del idioma, luchando para qué conceptos ajenos a la lengua no se establezcan. Le hice la guerra a palabras como homofobia y a las construcciones «pedir disculpas» (las disculpas no se piden, si no que se ofrecen) y al «debe de» prescriptivo y no especulativo. Han tomado arraigo y como los que suspiramos resignados al ver «setiembre» en el diccionario, nuestro idioma, como casi cualquier otro, tiene vida y se debe postrar ante el altar de sus usuarios cotidianos.
El «mi malo» como sustituto de «me he equivocado» nos puede horrorizar, y con razón, pero debemos tener en cuenta esto. Hace algo más de un siglo, articular la siguiente frase hubiera chocado a muchos como cursi y definitivamente repleta de palabras ajenas al castellano:
Una personaje decimónico hubiera utilzado algo parecido a esto:
En la minuta del mesón del hostal (u hospedaje), no había jamones. Jamón también es un galicismo, aunque se incorporó al idioma mucho antes que menú, restaurante y hotel.
Hace treinta o cuarenta años en España, se prefería decir régimen, almanaque y desconocido. Actualmente el castellanohablante joven se pone a dieta, busca fechas en el calendario y su madre le dice que se cuide de los extraños.
Quizá una señal del buen guardián es saber cuándo ya está en la retaguardia enemiga y replegarse. El idioma, señores, vive y crece. Que no nos guste cómo es otro tema.
Durante años he sido guardián del idioma, luchando para qué conceptos ajenos a la lengua no se establezcan. Le hice la guerra a palabras como homofobia y a las construcciones «pedir disculpas» (las disculpas no se piden, si no que se ofrecen) y al «debe de» prescriptivo y no especulativo. Han tomado arraigo y como los que suspiramos resignados al ver «setiembre» en el diccionario, nuestro idioma, como casi cualquier otro, tiene vida y se debe postrar ante el altar de sus usuarios cotidianos.
El «mi malo» como sustituto de «me he equivocado» nos puede horrorizar, y con razón, pero debemos tener en cuenta esto. Hace algo más de un siglo, articular la siguiente frase hubiera chocado a muchos como cursi y definitivamente repleta de palabras ajenas al castellano:
En el menú del restaurante del hotel no había jamones.
Una personaje decimónico hubiera utilzado algo parecido a esto:
En la minuta del mesón del hostal (u hospedaje), no había jamones. Jamón también es un galicismo, aunque se incorporó al idioma mucho antes que menú, restaurante y hotel.
Hace treinta o cuarenta años en España, se prefería decir régimen, almanaque y desconocido. Actualmente el castellanohablante joven se pone a dieta, busca fechas en el calendario y su madre le dice que se cuide de los extraños.
Quizá una señal del buen guardián es saber cuándo ya está en la retaguardia enemiga y replegarse. El idioma, señores, vive y crece. Que no nos guste cómo es otro tema.

Comentarios ( 1)
Dudo mucho que se incorpore como expresión alternativa, parece una mala - o ni siquiera eso - traducción de la he pifiado, de todas maneras muchos barbarismos son indicativos de gente pobre e inmigrante que no sabe hablar en ningún idioma, esa es la triste realidad.
Por javier | 10 de Octubre 2010 a las 10:03 AM