Siempre digo que ir a Las Vegas me causa enorme ambivalencia. Por un lado, es un buen trampolín para las maravillas naturales que están cercan, por otra parte es un monumento muy mal disimulado a los siete pecados capitales. E incluyo un octavo, el juego de azar.
Estuve cuatro noches en lo que en Estados Unidos se apoda la ciudad del pecado, y volví sin mayores descubrimientos. En la conferencia que participé me encontré con varias personas que recomendaban sitios que visitar lejos del saturadísimo Strip, pero creo que es la primera vez que me enfrento a Las Vegas como neoyorquino.
Si hay algo que he aprendido en esta, mi ciudad adoptiva, es que se puede ir andando a muchos sitios. Y aparte de eso, me gusta mucho hacerlo. Mi primera mañana decidí ir tempranito desde mi habitación en el Hard Rock hasta el Hotel París, en el Strip. Salí a las 6:30 a pie, y los dos kilómetros los cubrí sin muchos problemas. A las 7:30 abrieron el bufé del hotel y me puse dos platos de comida. Fue demasiado, lo que otrora me hubiera dejado espacio para un plato más, en esta ocasión no pude engullir el segundo y lo dejé a medias.
Con el estómago revuelto volví a pie al hotel, a casi 32 grados de temperatura a las 8 de la mañana. No soy ludópata y mi sibaritismo y hedonismo lo administro con cuentagotas. Las Vegas, donde antes por lo menos me atiborraba a espuertas, ya no es para mí. Pero es como el hajj para los pecadores occidentales, absolutamente necesario una vez. Ya van siete viajes y mi conclusión es la misma.
Estuve cuatro noches en lo que en Estados Unidos se apoda la ciudad del pecado, y volví sin mayores descubrimientos. En la conferencia que participé me encontré con varias personas que recomendaban sitios que visitar lejos del saturadísimo Strip, pero creo que es la primera vez que me enfrento a Las Vegas como neoyorquino.
Si hay algo que he aprendido en esta, mi ciudad adoptiva, es que se puede ir andando a muchos sitios. Y aparte de eso, me gusta mucho hacerlo. Mi primera mañana decidí ir tempranito desde mi habitación en el Hard Rock hasta el Hotel París, en el Strip. Salí a las 6:30 a pie, y los dos kilómetros los cubrí sin muchos problemas. A las 7:30 abrieron el bufé del hotel y me puse dos platos de comida. Fue demasiado, lo que otrora me hubiera dejado espacio para un plato más, en esta ocasión no pude engullir el segundo y lo dejé a medias.
Con el estómago revuelto volví a pie al hotel, a casi 32 grados de temperatura a las 8 de la mañana. No soy ludópata y mi sibaritismo y hedonismo lo administro con cuentagotas. Las Vegas, donde antes por lo menos me atiborraba a espuertas, ya no es para mí. Pero es como el hajj para los pecadores occidentales, absolutamente necesario una vez. Ya van siete viajes y mi conclusión es la misma.

Comentarios ( 1)
El juego es un vicio, lo de que sea un pecado, es más subjetivo, en cualquier caso como todo vicio hay que pagarlo, el problema es cuando te domina, pero si sabes mantener el tipo, porque no. La vida sin vicios sería asquerosamente aburrida
Por javier | 2 de Julio 2010 a las 06:45 AM