Cuando conté lo que me pasó el martes, algunos interlocutores me miraron raro cuando dije que había tenido suerte. Pero en el fondo la tuve, y al contarlo se verá el motivo.
El martes por la mañana mi coche no arrancaba. Es una de las peores sensaciones que puede sufrir un conductor. Pero eso no es nada. Cuando levanté el capó me percato que la batería no estaba. Me resulta imposible, no hay señales de violencia ni nada roto.
Los cables seguían ahí, y el capó estaba totalmente cerrado. Ni una ventanilla ni cerradura forzada. Aparte del sobresalto, sonrío un poco porque la batería ya estaba un poco vieja y tenía un reemplazo resplandenciente en el maletero.
Pero al poco, curiosamente, me fijo que también se han llevado la antiquísima manguera, la que pusieron en la fábrica hace 10 años, del radiador.
Es una molestia porque tengo que llamar a una grúa para que lleve el coche al taller. Y los mecánicos aprovechan para hacer otros arreglos necesarios que he ido postergando.
Y sí, en definitiva tuve suerte. El caco (tonto, por cierto, lo más valioso que tiene mi motor lo dejó atrás) utilizó un bisturí y fue tan exquisito que ni siquiera rompió los cables, hasta se tomó el tiempo de desenroscar los bornes. En mis experiencias anteriores, los ladrones suelen ir a lo loco y no dejan títere con cabeza.
Tanta delicadeza (que me ahorró bastante esfuerzos y dólares posteriormente) es afortunada. El domingo se me cayó un llavero en la calle sin darme cuenta. Hora y pico más tarde las llaves seguían ahí y las encontré sin dificultad. Eso también es suerte.

Comentarios ( 1)
Curiosa manera de interpretrar los acontecimientos. Está claro que eres un optimista recalcitrante
Por javier | 2 de Mayo 2010 a las 10:10 AM