La miamización de la política
Hace 14 meses, el partido republicano echó un vistazo a las encuestas y vio que la única forma de reducir la popularidad del nuevo inquilino de la oficina oval era destruyendo su programa de gobierno, principalmente su modesta reforma del sistema sanitario.
El plan era tan sencillo como radical: Al enemigo ni agua, el Waterloo de Obama será esta derrota. Y a partir de ahí, a Santa Elena. En un país donde la disciplina de partido es casi inexistente, lograron que sus 218 marcharan al mismo son.
A partir de ahí, todo parecía fácil. Los demócratas tenían más miedo que un cordero y Obama parecía ajeno al prolongado debate. Una y otra vez el presidente tendió la mano, a sabiendas que el amparo del bipartidismo le saldría bien después, pero del monolito republicano no se desgajó ni un solo miembro.
Los republicanos se aprovecharon de las otománicas reglas del Senado y de una base enardecida que se manifestó en toda ocasión tildando el nada socialista plan (salvo que obligar a la ciudadanía a inscribirse en un plan de salud privado sea una corriente marxista ignota) de izquierdista y comunista.
Durante un par de meses, todo parecía perdido. Pero en el último momento, Obama se destapó y los demócratas se dieron cuenta que si iban a perder la mayoría este noviembre, que sería mejor perderla logrando algo impopular que por no hacer nada.
Lo que más me sorprendió de todo el debate ha sido el tono adoptado por la banca republicana. El secretario general del partido republicano dijo esta mañana que «Estados Unidos presenció el primer voto del final del gobierno representativo». Estas barbaridades se esperan de la plana menor y de los activistas, a quienes siempre se les va la mano.
Pero nunca había visto a los dirigentes de un partido tan crispados. Bill Kristol, heredero de la derecha histórica editorial, acaba de decir que este es el 18 de Brumario estadounidense, como si un voto ceñido y legal fuera un atropello constitucional.
Todo me recordó a la brutal política local miamense, donde la forma más fácil de descalificar a un oponente es definiéndolo como procastrista. Por lo menos ahí funciona porque una parte importante de la población ha vivido los desmanes y abusos de un gobierno totalitario. Pero me parece peligroso denunciar como totalitario y marxista un plan que no lo es ni por asomo. Las viejas consignas de la Guerra Fría funcionaron en su vida y aunque parezcan útiles en un contexto político, a la larga queda demostrado que son excesivas.
¿Funcionará aquí el acoso y derribo? Los republicanos dicen que sí, pero esa es otra apuesta. Entre ellos y el regreso a la mayoría parlamentaria en noviembre está un presidente que si sabe de algo es de hacer campaña. Y una nueva ley cuyos componentes básicos (prohibir la exclusión a un seguro de enfermedad sólo por tener un historial médico con antecedentesy la inclusión de los hijos menores de 26 años en el seguro de los padres, entre otros) no tienen nada de impopulares.
Hasta hace muy poco, la base republicana estaba al rojo vivo mientras la demócrata vivía en desilusión. Pero la ecuación cambia, y los republicanos están al borde de pasarse. El voto masculino blanco lo tienen, pero ya no pueden ganar solo con eso.
Hace 14 meses, el partido republicano echó un vistazo a las encuestas y vio que la única forma de reducir la popularidad del nuevo inquilino de la oficina oval era destruyendo su programa de gobierno, principalmente su modesta reforma del sistema sanitario.
El plan era tan sencillo como radical: Al enemigo ni agua, el Waterloo de Obama será esta derrota. Y a partir de ahí, a Santa Elena. En un país donde la disciplina de partido es casi inexistente, lograron que sus 218 marcharan al mismo son.
A partir de ahí, todo parecía fácil. Los demócratas tenían más miedo que un cordero y Obama parecía ajeno al prolongado debate. Una y otra vez el presidente tendió la mano, a sabiendas que el amparo del bipartidismo le saldría bien después, pero del monolito republicano no se desgajó ni un solo miembro.
Los republicanos se aprovecharon de las otománicas reglas del Senado y de una base enardecida que se manifestó en toda ocasión tildando el nada socialista plan (salvo que obligar a la ciudadanía a inscribirse en un plan de salud privado sea una corriente marxista ignota) de izquierdista y comunista.
Durante un par de meses, todo parecía perdido. Pero en el último momento, Obama se destapó y los demócratas se dieron cuenta que si iban a perder la mayoría este noviembre, que sería mejor perderla logrando algo impopular que por no hacer nada.
Lo que más me sorprendió de todo el debate ha sido el tono adoptado por la banca republicana. El secretario general del partido republicano dijo esta mañana que «Estados Unidos presenció el primer voto del final del gobierno representativo». Estas barbaridades se esperan de la plana menor y de los activistas, a quienes siempre se les va la mano.
Pero nunca había visto a los dirigentes de un partido tan crispados. Bill Kristol, heredero de la derecha histórica editorial, acaba de decir que este es el 18 de Brumario estadounidense, como si un voto ceñido y legal fuera un atropello constitucional.
Todo me recordó a la brutal política local miamense, donde la forma más fácil de descalificar a un oponente es definiéndolo como procastrista. Por lo menos ahí funciona porque una parte importante de la población ha vivido los desmanes y abusos de un gobierno totalitario. Pero me parece peligroso denunciar como totalitario y marxista un plan que no lo es ni por asomo. Las viejas consignas de la Guerra Fría funcionaron en su vida y aunque parezcan útiles en un contexto político, a la larga queda demostrado que son excesivas.
¿Funcionará aquí el acoso y derribo? Los republicanos dicen que sí, pero esa es otra apuesta. Entre ellos y el regreso a la mayoría parlamentaria en noviembre está un presidente que si sabe de algo es de hacer campaña. Y una nueva ley cuyos componentes básicos (prohibir la exclusión a un seguro de enfermedad sólo por tener un historial médico con antecedentesy la inclusión de los hijos menores de 26 años en el seguro de los padres, entre otros) no tienen nada de impopulares.
Hasta hace muy poco, la base republicana estaba al rojo vivo mientras la demócrata vivía en desilusión. Pero la ecuación cambia, y los republicanos están al borde de pasarse. El voto masculino blanco lo tienen, pero ya no pueden ganar solo con eso.

Comentarios ( 1)
Si la pelea es encarnizada y reñida, y los politicos de ambos bandos representan a sus ciudadanos, resulta deprimente pensar que una importante parte de la población este en contra del "seguro médico " para los pobres. El ciudadano medio es implacable y carece de empatía. Que miedo vivir en un sitio así
Por javier | 24 de Marzo 2010 a las 07:57 AM