El Bronx tiene una mala fama que se ganó a pulso durante una Guerra de los Treinta Años sui generis contra la narcodelincuencia y la decrepitud urbana. El distrito neoyorquino salió vivo por los pelos del trance, pero su fama no. Decir Bronx suscita espanto entre los nativos y foráneos, sinónimo de crimen y mal vivir.
Pero la realidad es otra, de hecho el Bronx tiene más seguridad ciudadana que Madrid (39 delitos por mil habitantes al año, en comparación con los 45 por mil habitantes que sufre Madrid). Empecé a explorarlo en serio hace ya un año y debido a su diversidad de barrios y oferta culinaria hasta contemplé mudarme a la zona el año pasado.
Uno de los encantos que tiene es cómo ha logrado conservar la arquitectura de su etapa esplendorosa, cuando intentaba atraer a la clase media alta profesional. Aunque ejemplos hay muchos, uno de mis rinconcitos favoritos es la manzana Bertine, en la calle 136, epicentro del cataclismo social que sufrió el distrito.
Este pequeño tramo de la 136, calle que nace en un horrendo bloque de vivienda pública y termina en una autopista, combina todo tipo de estilos renacentistas, neogriegos y flamencos (el de Holanda, se entiende). Construidos en el último cuarto del siglo XIX, ofrecen un contraste con el resto del mobiliario de la zona.
Lo visité con un poco de pánico en marzo del año pasado y al volver hace un par de semanas, con mayor aplomo y tiempo, pude apreciar más aún. Para los amantes de la arquitectura, es uno de los muchos remansos sorpresa que ofrece el Bronx, y en realidad, todo Nueva York.
Pero la realidad es otra, de hecho el Bronx tiene más seguridad ciudadana que Madrid (39 delitos por mil habitantes al año, en comparación con los 45 por mil habitantes que sufre Madrid). Empecé a explorarlo en serio hace ya un año y debido a su diversidad de barrios y oferta culinaria hasta contemplé mudarme a la zona el año pasado.
Uno de los encantos que tiene es cómo ha logrado conservar la arquitectura de su etapa esplendorosa, cuando intentaba atraer a la clase media alta profesional. Aunque ejemplos hay muchos, uno de mis rinconcitos favoritos es la manzana Bertine, en la calle 136, epicentro del cataclismo social que sufrió el distrito.
Este pequeño tramo de la 136, calle que nace en un horrendo bloque de vivienda pública y termina en una autopista, combina todo tipo de estilos renacentistas, neogriegos y flamencos (el de Holanda, se entiende). Construidos en el último cuarto del siglo XIX, ofrecen un contraste con el resto del mobiliario de la zona.
Lo visité con un poco de pánico en marzo del año pasado y al volver hace un par de semanas, con mayor aplomo y tiempo, pude apreciar más aún. Para los amantes de la arquitectura, es uno de los muchos remansos sorpresa que ofrece el Bronx, y en realidad, todo Nueva York.
