Estos fenómenos meteorológicos surgen de repente. Aunque me había tomado unos días libres, la llamada llegó el viernes por la mañana: «se acerca una nevada imponente ¿puedes trabajar desde casa para ver cómo van las cosas el domingo?»
La respuesta, claro, es que sí. En el fondo lo que me sigue atrayendo del periodismo son los momentos límites.
A medida que avanza el viernes, el pronóstico se vuelve más y más ominoso. Primero parece que serán 15 centímetros de nieve, después 30, al anochecer el pronóstico para Long Island es de casi 40 centímetros cúbicos de nieve y unos 25 para la ciudad de Nueva York.
Me vuelven a llamar de la redacción. Hay que ir a trabajar el domingo. El problema es que empezará a nevar el sábado por la tarde, y las carreteras se bloquearán antes de la medianoche. Me será imposible recorrerme los 40 kilómetros hasta el periódico.
Reservo el hotel y a las 4 de la tarde del sábado, cuando ya han caído bastantes copos, salgo.
Aún creo que el pronóstico es exagerado, me resulta imposible creer que caiga tanta nieve (más de 50 centímetros. Llego al hotel sin problemas a eso de las cinco. Me toca una habitación en el Marriott que da al atrio del hotel, y no puedo ver bien la intemperie.
Me levanto a las 4 de la mañana y reviso las cifras de nieve esperando que todo haya sido una trágica exageración, pero nada de eso. Algunos puntos ya tienen 25 centímetros de nieve y sigue nevando.
Me visto, avanzo hasta el coche y veo que está cubierto de nieve. El quitanieves ha dejado un montículo de nieve que me obstruye el paso. Logro encontrarlo y me ayuda a sacar. Pero el último acelerón para empujar la nieve lo tengo que dar yo.
Los dos kilómetros hasta el periódico pasan sin mucha incidencia, excepto que me meto por la vía contraria y chupo primera para no quedarme atollado en la nieve. Llego a la redacción a las 6:07 de la mañana.
A lo largo del día las incidencias son las esperadas: Trenes detenidos, carreteras llenas de accidentes menores. La tormenta no ha sido tan pesada en Nueva York: 28 centímetros en Central Park, 36 en el aeropuerto Kennedy.
Pero Long Island ha sido abrumada: 67 centímetros en algunas poblaciones, todo un récord. Logro salir del periódico a las 6 de la tarde. Me cuesta llegar a casa en Queens casi una hora, y las calles de mi barrio están saturadas de nieve. Encuentro una plaza de estacionamiento casi de milagro.
Tres días más tarde, la nieve sigue alta y el municipio apenas ha quitado nieve en las calles secundarias. En algunas aceras hay senderos excavados entre la nieve. Pero aparcar es igual de difícil que siempre. La ciudad de Nueva York va a esperar unos días para utilizar el mejor método de limpieza de nieve: la lluvia.
La respuesta, claro, es que sí. En el fondo lo que me sigue atrayendo del periodismo son los momentos límites.
A medida que avanza el viernes, el pronóstico se vuelve más y más ominoso. Primero parece que serán 15 centímetros de nieve, después 30, al anochecer el pronóstico para Long Island es de casi 40 centímetros cúbicos de nieve y unos 25 para la ciudad de Nueva York.
Me vuelven a llamar de la redacción. Hay que ir a trabajar el domingo. El problema es que empezará a nevar el sábado por la tarde, y las carreteras se bloquearán antes de la medianoche. Me será imposible recorrerme los 40 kilómetros hasta el periódico.
Reservo el hotel y a las 4 de la tarde del sábado, cuando ya han caído bastantes copos, salgo.
Aún creo que el pronóstico es exagerado, me resulta imposible creer que caiga tanta nieve (más de 50 centímetros. Llego al hotel sin problemas a eso de las cinco. Me toca una habitación en el Marriott que da al atrio del hotel, y no puedo ver bien la intemperie.
Me levanto a las 4 de la mañana y reviso las cifras de nieve esperando que todo haya sido una trágica exageración, pero nada de eso. Algunos puntos ya tienen 25 centímetros de nieve y sigue nevando.
Me visto, avanzo hasta el coche y veo que está cubierto de nieve. El quitanieves ha dejado un montículo de nieve que me obstruye el paso. Logro encontrarlo y me ayuda a sacar. Pero el último acelerón para empujar la nieve lo tengo que dar yo.
Los dos kilómetros hasta el periódico pasan sin mucha incidencia, excepto que me meto por la vía contraria y chupo primera para no quedarme atollado en la nieve. Llego a la redacción a las 6:07 de la mañana.
A lo largo del día las incidencias son las esperadas: Trenes detenidos, carreteras llenas de accidentes menores. La tormenta no ha sido tan pesada en Nueva York: 28 centímetros en Central Park, 36 en el aeropuerto Kennedy.
Pero Long Island ha sido abrumada: 67 centímetros en algunas poblaciones, todo un récord. Logro salir del periódico a las 6 de la tarde. Me cuesta llegar a casa en Queens casi una hora, y las calles de mi barrio están saturadas de nieve. Encuentro una plaza de estacionamiento casi de milagro.
Tres días más tarde, la nieve sigue alta y el municipio apenas ha quitado nieve en las calles secundarias. En algunas aceras hay senderos excavados entre la nieve. Pero aparcar es igual de difícil que siempre. La ciudad de Nueva York va a esperar unos días para utilizar el mejor método de limpieza de nieve: la lluvia.
