Quizá lo que más choca de Harlem es, entre su pobreza y contraste, su pasado esplendoroso. No se puede evitar pasear por muchas calles de este barrio neoyorquino sin apreciar la enorme colección de edificios, viviendas e iglesias señoriales.
Aunque sus habitantes conviven esquizofrénicamente con el deseo de mantener las raíces afroamericanas y por otra parte capitalizar el encanto de sus muchos brownstones.
Al igual que sus hermanos menores (Crown Heights y Bedford-Stuy), los días de gloria arquitectónica han pasado, pero también han dejado su huella. Entre los muchos tesoros de Harlem el que más me llama la atención es el de Striver's Row.
Concebido como una urbanización a finales del siglo XIX, su promotor construyó tres manzanas enteras de casas apareadas, cada una de ellas con estilos distintos, diseñadas por los mejores arquitectos de la época. La manzana del norte, en la 139, fue diseñada por el reconocido bufete de McKim, Mead and White, maestros del neoclásico y creadores de obras maestras como el Museo Metropolitano y el Hotel Nacional de La Habana.
Al concluirse esta joya, el promotor se dio cuenta que la población afroamericana de la ciudad se empezaba a congregar en Harlem, precisamente el lugar que había elegido para construirlo. Antes de vender a negros, optó por irse a la quiebra.
Después de varios años de abandono, las casas fueron habitadas por ciudadanos «esmerados» (de ahí el nombre) y ahora son todo un emblema del gentrification que vive la zona.
Pero no nos llamemos al engaño, fuera de esta esplendorosa zona, las ventanas se cubren de contrachapado y la vivienda de protección oficial predomina. A los dueños de Strivers' Row les da un poquito igual, en su oasis urbano tienen cocheras privadas donde meter sus Lexus y Mercedes.
Aunque sus habitantes conviven esquizofrénicamente con el deseo de mantener las raíces afroamericanas y por otra parte capitalizar el encanto de sus muchos brownstones.
Al igual que sus hermanos menores (Crown Heights y Bedford-Stuy), los días de gloria arquitectónica han pasado, pero también han dejado su huella. Entre los muchos tesoros de Harlem el que más me llama la atención es el de Striver's Row.
Concebido como una urbanización a finales del siglo XIX, su promotor construyó tres manzanas enteras de casas apareadas, cada una de ellas con estilos distintos, diseñadas por los mejores arquitectos de la época. La manzana del norte, en la 139, fue diseñada por el reconocido bufete de McKim, Mead and White, maestros del neoclásico y creadores de obras maestras como el Museo Metropolitano y el Hotel Nacional de La Habana.
Al concluirse esta joya, el promotor se dio cuenta que la población afroamericana de la ciudad se empezaba a congregar en Harlem, precisamente el lugar que había elegido para construirlo. Antes de vender a negros, optó por irse a la quiebra.
Después de varios años de abandono, las casas fueron habitadas por ciudadanos «esmerados» (de ahí el nombre) y ahora son todo un emblema del gentrification que vive la zona.
Pero no nos llamemos al engaño, fuera de esta esplendorosa zona, las ventanas se cubren de contrachapado y la vivienda de protección oficial predomina. A los dueños de Strivers' Row les da un poquito igual, en su oasis urbano tienen cocheras privadas donde meter sus Lexus y Mercedes.
