Como bien indica su título, Doubt te deja como entraste. A diferencia que el tono categórico del resto de la cartelera, la película tiene más cabos sueltos que el desbandado ejército iraquí en 2003.
Es casi como un partido amistoso o de estrellas, vas a ver cómo se desempeñan ciertos actores favoritos (Meryl Streep, Philip Seymour Hoffman) en una arcaica cancha: Una parroquia y colegio católicos del Bronx en el año 64, justo antes de la oleada del Segundo Concilio del Vaticano.
Todo revuelve alrededor a los 15 minutos que el párroco (Hoffman) se pasó con el primer estudiante negro que tiene la parroquia. El cura afirma que dicho estudiante, también su monaguillo, se emborrachó con el vino sacramental.
Pero la directora (Streep), sospecha que hubo conducta impropia. Histriónica e imparable, el personaje de Streep sólo se entiende mejor como si se hubiera montado en una máquina del tiempo. Es como si fuera consciente de todos los desmanes pederastas que sacudieron recientemente a la Iglesia estadounidense.
Sólo así se justifica su sentido de ira, su verdad inmutable que cuanto más se rasca se vuelve casi absurda. Mientras intenta convencer a la monja indecisa (Amy Adams) que el cura es un pedófilo impenitente, Streep entra en delirios paralelos a los de Sor Patrocinio, la «Monja de las llagas».
Además de otro tiempo, Streep parece venir de otra película. Hoffman y Adams reaccionan de forma más natural y moderna ante las acusaciones, pero sor Aloysius no permite ninguna sombra o claroscuro. Sabe, desde el punto de vista feminista, que lleva las de perder pero se lanza a su particular cruzada con espada en ristre, ballesta en mano.
En una escena que habla más aún que los actores, el sacerdote y la directora se intercambian la silla del mando durante una incomodísima conversación.
Al meterse con varias telas a la vez (el machismo de la Iglesia, la pederastia, la homosexualidad infantil y hasta el secreto de confesión), Doubt opta por no tejer ninguna y dejar varios parches a la discreción estética del espectador.
¿Qué pasó en ese cuarto de hora entre el cura y el monaguillo? La respuesta puede decir más del espectador que de la película.
Es casi como un partido amistoso o de estrellas, vas a ver cómo se desempeñan ciertos actores favoritos (Meryl Streep, Philip Seymour Hoffman) en una arcaica cancha: Una parroquia y colegio católicos del Bronx en el año 64, justo antes de la oleada del Segundo Concilio del Vaticano.
Todo revuelve alrededor a los 15 minutos que el párroco (Hoffman) se pasó con el primer estudiante negro que tiene la parroquia. El cura afirma que dicho estudiante, también su monaguillo, se emborrachó con el vino sacramental.
Pero la directora (Streep), sospecha que hubo conducta impropia. Histriónica e imparable, el personaje de Streep sólo se entiende mejor como si se hubiera montado en una máquina del tiempo. Es como si fuera consciente de todos los desmanes pederastas que sacudieron recientemente a la Iglesia estadounidense.
Sólo así se justifica su sentido de ira, su verdad inmutable que cuanto más se rasca se vuelve casi absurda. Mientras intenta convencer a la monja indecisa (Amy Adams) que el cura es un pedófilo impenitente, Streep entra en delirios paralelos a los de Sor Patrocinio, la «Monja de las llagas».
Además de otro tiempo, Streep parece venir de otra película. Hoffman y Adams reaccionan de forma más natural y moderna ante las acusaciones, pero sor Aloysius no permite ninguna sombra o claroscuro. Sabe, desde el punto de vista feminista, que lleva las de perder pero se lanza a su particular cruzada con espada en ristre, ballesta en mano.
En una escena que habla más aún que los actores, el sacerdote y la directora se intercambian la silla del mando durante una incomodísima conversación.
Al meterse con varias telas a la vez (el machismo de la Iglesia, la pederastia, la homosexualidad infantil y hasta el secreto de confesión), Doubt opta por no tejer ninguna y dejar varios parches a la discreción estética del espectador.
¿Qué pasó en ese cuarto de hora entre el cura y el monaguillo? La respuesta puede decir más del espectador que de la película.
