Como hoy me toca trabajar hasta las tantas debido a los comicios, no me puse el despertador. Dio igual, la ansiedad y las pesadillas me sacaron de la cama a las siete. Entre revisar las noticias y leer unos cuantos blogs, me decidí echarme el abrigo (no hace tanto frío, 11 grados) y salir a votar.
La mesa me queda a 1.200 metros y mientras los ando me dejo llevar por el entorno otoñal. Hay una leve niebla, las hojas siguen cambiando su color y veo a esta hora mucha gente en la calle.
Llego al gimnasio del centro de voto, y está abultado pero sin mucha gente. No existe duda que Obama vaya a ganar el estado de Nueva York, pero se nota que mucha gente viene a votar igual. Hay tres pasos, tan exquisitos como arcaicos.
En la mesa de información de la entrada te dicen a qué distrito perteneces. En la mesa de tu distrito te identificas y te dan un papelito para el auxiliar. Y luego vas al chiringuito correspondiente, un vetustísimo panel rodeado de una cortina.
Después de cuatro años de votar en Miami con equipo electrónico del último grito (tras la debacle de 2000), ejercer el voto en Nueva York resulta algo casi anticuado. Entras, echas una manivela gigantesca a la derecha, aprietas unas palanquitas con tus candidatos y vuelves a echar la manivela. Y ya está.
Me ha venido bien, ya tengo menos ansiedad. Con un poco de suerte la noche se acabará antes, no sé si aguantaré física y emocionalmente hasta las tantas, como en 2004.
La mesa me queda a 1.200 metros y mientras los ando me dejo llevar por el entorno otoñal. Hay una leve niebla, las hojas siguen cambiando su color y veo a esta hora mucha gente en la calle.
Llego al gimnasio del centro de voto, y está abultado pero sin mucha gente. No existe duda que Obama vaya a ganar el estado de Nueva York, pero se nota que mucha gente viene a votar igual. Hay tres pasos, tan exquisitos como arcaicos.
En la mesa de información de la entrada te dicen a qué distrito perteneces. En la mesa de tu distrito te identificas y te dan un papelito para el auxiliar. Y luego vas al chiringuito correspondiente, un vetustísimo panel rodeado de una cortina.
Después de cuatro años de votar en Miami con equipo electrónico del último grito (tras la debacle de 2000), ejercer el voto en Nueva York resulta algo casi anticuado. Entras, echas una manivela gigantesca a la derecha, aprietas unas palanquitas con tus candidatos y vuelves a echar la manivela. Y ya está.
Me ha venido bien, ya tengo menos ansiedad. Con un poco de suerte la noche se acabará antes, no sé si aguantaré física y emocionalmente hasta las tantas, como en 2004.

Comentarios ( 2)
Lo de echar la manivela "a la derecha" resulta inquietante, y si has votado a McCain por aquello de la derecha. No te habrá fallado el subconsciente de blanco acomodado y pseudo progre
Por Javier | 4 de Noviembre 2008 a las 09:29 AM
Estas elecciones han movilizado a la gente como nunca y hablo por mi propia familia (no tanto por mi). Nunca tuve tanta ansiedad por recibir las papeletas como año, que percibo como algo especial y quizás irrepetible, y eso que, como tú bien dices, Nueva York se lo llevará de calle Obama.
Un fuerte abrazo,
Por Tomás | 4 de Noviembre 2008 a las 03:53 PM