Hace 29 años crucé por primera vez el Atlántico. No fue un vuelo normal en absoluto. Nos estábamos yendo de España de manera sigilosa, mi madre vendió su chalet en la sierra esa misma mañana del 6 de octubre y salimos de la urbanización Río Cofio, en Robledo de Chavela (Madrid) de madrugada.
Nos íbamos a vivir a Miami y el avión salía a las 13 horas.
Llegamos de milagro al vuelo, pero no sin sobresaltos. Teníamos nueve bolsas de mano (y nueve maletas facturadas, para una mujer y dos niños). Entramos a toda pastilla en la pasarela que llevaba al avión.
Dos empleadas de Iberia nos gritaban para que fuéramos más deprisa, una mujer y sus dos hijos corriendo como descosidos y cargados como gitanos, queriendo entrar a la aeronave que tenía todos los motores encendidos.
Yo iba de último porque la tarde anterior me había picado una avispa en el pie, pero igual de cargado. Mi hermana iba primera y en plena carrera de sus bolsas se salió una muñeca. Mi madre no lo dudó un minuto: entró la muñeca a patadas en la aeronave, tras la mirada absorta de las azafatas que minutos antes nos conminaron a entrar y que ahora se convertían en porteras improvisadas y fallidas.
La anécdota es parte de nuestra tradición familiar y mi madre siempre la cuenta con una sonrisa. Entre el 6 de octubre de 1979 y hoy nos ha pasado, literalmente, de todo. A veces me pregunto qué hubiera sucedido de habernos quedado y las posibilidades resultantes no me gustan mucho. Cierto, tendríamos bastante más arraigo pero sabe Dios a qué precio.
La vida nos ha tratado a veces como mi madre a esa elusiva muñeca, y quizá las actitudes e inocencia que se manifestaron ese día nos pasaron factura después. La vida de inmigrante desarraigado no es fácil, y la de inmigrante desarraigado que no encuentra su raíz ni en su propio país lo es menos aún. Tantos factores cambiaría, tantas cosas le advertiría a ese chaval de 11 años que se metió en el avión con el dedo gordo del pie hinchado. Pero ninguna sería que se quedara.
La experiencia cobra, casi siempre demasiado, pero intuyo que todo lo vivido en estas tres décadas sería superior a que hubiera acontecido durante 30 años de mi vida en España.
Ah, y al llegar a Miami ya mi hermana no estaba en edad de jugar con las muñecas. La vapuleada muñequita acabó ipso facto en la basura, como bien aclara en los comentarios.
Nos íbamos a vivir a Miami y el avión salía a las 13 horas.
Llegamos de milagro al vuelo, pero no sin sobresaltos. Teníamos nueve bolsas de mano (y nueve maletas facturadas, para una mujer y dos niños). Entramos a toda pastilla en la pasarela que llevaba al avión.
Dos empleadas de Iberia nos gritaban para que fuéramos más deprisa, una mujer y sus dos hijos corriendo como descosidos y cargados como gitanos, queriendo entrar a la aeronave que tenía todos los motores encendidos.
Yo iba de último porque la tarde anterior me había picado una avispa en el pie, pero igual de cargado. Mi hermana iba primera y en plena carrera de sus bolsas se salió una muñeca. Mi madre no lo dudó un minuto: entró la muñeca a patadas en la aeronave, tras la mirada absorta de las azafatas que minutos antes nos conminaron a entrar y que ahora se convertían en porteras improvisadas y fallidas.
La anécdota es parte de nuestra tradición familiar y mi madre siempre la cuenta con una sonrisa. Entre el 6 de octubre de 1979 y hoy nos ha pasado, literalmente, de todo. A veces me pregunto qué hubiera sucedido de habernos quedado y las posibilidades resultantes no me gustan mucho. Cierto, tendríamos bastante más arraigo pero sabe Dios a qué precio.
La vida nos ha tratado a veces como mi madre a esa elusiva muñeca, y quizá las actitudes e inocencia que se manifestaron ese día nos pasaron factura después. La vida de inmigrante desarraigado no es fácil, y la de inmigrante desarraigado que no encuentra su raíz ni en su propio país lo es menos aún. Tantos factores cambiaría, tantas cosas le advertiría a ese chaval de 11 años que se metió en el avión con el dedo gordo del pie hinchado. Pero ninguna sería que se quedara.
La experiencia cobra, casi siempre demasiado, pero intuyo que todo lo vivido en estas tres décadas sería superior a que hubiera acontecido durante 30 años de mi vida en España.
Ah, y al llegar a Miami ya mi hermana no estaba en edad de jugar con las muñecas. La vapuleada muñequita acabó ipso facto en la basura, como bien aclara en los comentarios.

Comentarios ( 4)
No se de quien ni de que huíais, pero en cualquier caso tu madre tuvo mucho valor. la España de principios de los 80 era un desastre - ahora nos encaminamos hacía algo parecido - pero no puedes hacer suposiciones de que esa "salida" fue lo mejor, fue lo mejor para tu madre, pero para vosotros es imposible saberlo
Por Javier | 7 de Octubre 2008 a las 10:50 AM
Como me he reido acordandome de la patada a la muneca...y nada mas llegar a Miami las munecas fueron a parar directamente a la basura.
Por Marta | 7 de Octubre 2008 a las 06:07 PM
«no puedes hacer suposiciones de que esa "salida" fue lo mejor, fue lo mejor para tu madre, pero para vosotros es imposible saberlo».... bueno, para ti será imposible saberlo pero tenemos toda la certeza del mundo. Nos sobran los motivos.
Por Emilio
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7 de Octubre 2008 a las 08:48 PM
Hola,
Sobre tus dos post 'a patadas' y 'la visita al médico': (de nuevo) me gustó el sentido del humor con el que retratas las cosas que te pasan y pasaron. Un sentido del humor que, al hablar de los contratiempos, no cae (en contra de lo que ocurre a la mayoria) en el cinismo.
Por último: (lógicamente) no sabía que llevaras tanto tiempo en EEUU ni las circunstancias de vuestra salida. Es curioso como una sólo imagen (la de la muñeca a patadas) puede resumir tantas otras cosas.
Sigue así,
Lucho,
Por c1elqv | 10 de Octubre 2008 a las 02:28 AM