Cuenta la leyenda que varias noches Federico García Lorca se fue con Rodolfo Valentino a buscar marineros por estos muelles.
Pero a medida que el mundo marítimo cambió de vapores veloces a barcos contenedores, la ascendencia de Manhattan como puerto cayó en picado. Aunque el tráfico naviero no se fue muy lejos (a Brooklyn y Newark), casi un centenar de muelles se quedaron vacíos. La ciudad ha ido rehabilitando algunos para ciertos usos (el deleznablemente postizo y turístico muelle 17), y hace algunos años le tocó al 45, que cae justo en la desembocadura de Christopher Street.
Las vistas que ofrece el lugar son espectaculares, y el domingo fui a ver el ocaso. El momento más que mereció la pena. Ya no estoy seguro de cuál es mi punto panorámico favorito de Nueva York, pero sí que este debe ser uno de ellos.
