¿Deben amparar el estado de derecho a un presunto terrorista? Las respuestas negativas a esta pregunta me fascinan. Se alega que estos salvajes no tienen reparos ni moral, por lo cual no se debe tener con ellos. Pero el estado de derecho existe para no solo protegernos de estas personas, sino además de un estado que se equivoca.
Un buen ejemplo son las más de 400 personas que acabaron en el centro de detención de Guantánamo, donde se pasaron años hasta que las autoridades militares de Estádos Unidos decidieron soltarlas tras demostrarse su inocencia. O, como dije yo algunos años por aquí, se ve que los terroristas son como el yogur, su peligrosidad tiene fecha de caducidad, y pasan de ser malos a ser buenos tras equis tiempo.
Ese dato es escalofriante, pero habrá quienes lo subrayen: EE.UU. demuestra su buena fe al soltar a esas personas. Podría recluirlas permanentemente y jamás reconocer su error. Cierto, aunque no sé dónde estaba la buena fe al detenerlas en sus países y llevarlas a Guantánamo.
Y si se admite error en algo tan vital como la detención durante años, ¿no existe entonces una posibilidad de error en general en otras áreas? En otras palabras, el gobierno no es infalible. Ni aquí, ni en Suecia ni en Extremadura.
George W. Bush se podría haber ahorrado el dolor de cabeza y haber abierto un campamento de detención en Afganistán o posteriormente en Irak. Pero decidió hacerlo en una base que a efectos jurídicos es suelo estadounidense. Al ver los errores de detención y posteriormente las sinrazones de los procesos militares (si te declaran culpable, te ejecutan; si te consideran inocente, vuelves a tu celda y te quedas ahí), el Tribunal Supremo ha dado la luz del habeas corpus a los detenidos.
Siempre me ha parecido curioso que Bush no se fíe de los tribunales penales en pie. Después de todo, los jurados siempre están de acuerdo en seguir las pautas de la fiscalía en estos casos (véase el expediente de José Padilla, irregular como pocos, o el de Zacarías Moussaui). Ambos fueron procesados y condenados por vías judiciales ordinarias.
No voy a juzgar los motivos por los cuales se ha hecho todo esto, pero como dijo Napoleón en su día: «No se debe atribuir a la maldad lo que puede ser explicado por la incompentecia».
Un buen ejemplo son las más de 400 personas que acabaron en el centro de detención de Guantánamo, donde se pasaron años hasta que las autoridades militares de Estádos Unidos decidieron soltarlas tras demostrarse su inocencia. O, como dije yo algunos años por aquí, se ve que los terroristas son como el yogur, su peligrosidad tiene fecha de caducidad, y pasan de ser malos a ser buenos tras equis tiempo.
Ese dato es escalofriante, pero habrá quienes lo subrayen: EE.UU. demuestra su buena fe al soltar a esas personas. Podría recluirlas permanentemente y jamás reconocer su error. Cierto, aunque no sé dónde estaba la buena fe al detenerlas en sus países y llevarlas a Guantánamo.
Y si se admite error en algo tan vital como la detención durante años, ¿no existe entonces una posibilidad de error en general en otras áreas? En otras palabras, el gobierno no es infalible. Ni aquí, ni en Suecia ni en Extremadura.
George W. Bush se podría haber ahorrado el dolor de cabeza y haber abierto un campamento de detención en Afganistán o posteriormente en Irak. Pero decidió hacerlo en una base que a efectos jurídicos es suelo estadounidense. Al ver los errores de detención y posteriormente las sinrazones de los procesos militares (si te declaran culpable, te ejecutan; si te consideran inocente, vuelves a tu celda y te quedas ahí), el Tribunal Supremo ha dado la luz del habeas corpus a los detenidos.
Siempre me ha parecido curioso que Bush no se fíe de los tribunales penales en pie. Después de todo, los jurados siempre están de acuerdo en seguir las pautas de la fiscalía en estos casos (véase el expediente de José Padilla, irregular como pocos, o el de Zacarías Moussaui). Ambos fueron procesados y condenados por vías judiciales ordinarias.
No voy a juzgar los motivos por los cuales se ha hecho todo esto, pero como dijo Napoleón en su día: «No se debe atribuir a la maldad lo que puede ser explicado por la incompentecia».
