A finales de los años 80, cuando vivía en Miami, el mejor regalo que se me podía hacer era un diario español. No tanto la magra edición internacional de El País, pero si no un periódico regular madrileño (generalmente el susodicho o el ABC, para ver cómo le daban caña a Felipe González).
Ahora puede sonar ridículo, pero ansiar tener un periódico no ya de ayer, sino de una antigüedad de tres o cuatro días era una parte muy importante de mi semana.
Con la llegada de la internet y de los periódicos (y todo tipo de información) disponibles al instante, las cosas cambiaron. Algunos diarios se han logrado adaptar al reducido número de lectores, con la merma consecuente de los anunciantes.
Esta semana, cuando se han anunciado importantes recortes de plantilla en Tribune (propiedad de Newsday, mi casa laboral) como en el New York Times, me he acordado de lo insignificante que se ha vuelto su edición en papel.
Cuando trabajaba para El Nuevo Herald, era obligatorio suscribirse (con descuento de empleado, claro). Me daba asco ver cómo mi casa se llenaba de diarios que generalmente no tenían tiempo de leer y que luego tenía gratis en la redacción. Ahora me pasa lo mismo, aunque me toca ojear (y hojear) los cinco diarios de la ciudad, con un cúmulo ecológico que mejor no pongo aquí.
En los últimos 50 años, lo que ha dado dinero a los periódicos ha sido los anuncios, no las ventas de ejemplares. Ahora toca cambiar el modelo a la internet. Quien antes se dé cuenta, mejor.
Ahora puede sonar ridículo, pero ansiar tener un periódico no ya de ayer, sino de una antigüedad de tres o cuatro días era una parte muy importante de mi semana.
Con la llegada de la internet y de los periódicos (y todo tipo de información) disponibles al instante, las cosas cambiaron. Algunos diarios se han logrado adaptar al reducido número de lectores, con la merma consecuente de los anunciantes.
Esta semana, cuando se han anunciado importantes recortes de plantilla en Tribune (propiedad de Newsday, mi casa laboral) como en el New York Times, me he acordado de lo insignificante que se ha vuelto su edición en papel.
Cuando trabajaba para El Nuevo Herald, era obligatorio suscribirse (con descuento de empleado, claro). Me daba asco ver cómo mi casa se llenaba de diarios que generalmente no tenían tiempo de leer y que luego tenía gratis en la redacción. Ahora me pasa lo mismo, aunque me toca ojear (y hojear) los cinco diarios de la ciudad, con un cúmulo ecológico que mejor no pongo aquí.
En los últimos 50 años, lo que ha dado dinero a los periódicos ha sido los anuncios, no las ventas de ejemplares. Ahora toca cambiar el modelo a la internet. Quien antes se dé cuenta, mejor.
