El castellano está cambiando, y en el centro de la Península Ibérica, nada menos. Se está estableciendo más la ese implosiva con las jotas (ejque,mojca) en esa zona de transición entre las variantes andaluzas-manchegas y castellanas, a la vez que la clase media cada vez elimina el enmudecimiento de la de aproximante en la terminación -ado: menos personas «educadas» dicen pesca'o, pese a que mi madre, señora muy fina, me enseñó de niño que sólo los muy cursis pronunciaban el -ado.
Luego, el cambio de pronunciar la de al final de una palabra con θ (la zeta nuestra de todos los días, fonema que el castellano creó hace cinco siglos), o contrariamente, hacerla muda. Cualquier residente de Madrid puede hacer la prueba con 100 nativos de la Villa y Corte: casi todos dirán Madrí o Madriz, pero apuesto que ninguno, salvo los que estén muy conscientes del tema o los cursis a los que se refería mi madre, optará por enunciar claramente la última d de la ciudad. Perdón, ciudá (o ciudaz).
Lo mismo sucede con salud, verdad y el resto de las palabras que terminan en la letra de.
Y eso que nuestro idioma «es absolutamente fonético, se pronuncian todas las letras, no como el inglés», y que los tres ejemplos se centran en la capital de su cuna. Dejaré los cambios léxicos (¿cuánta gente ya se pone a régimen o compra un almanaque?) y el yeísmo que crece en la zona sur de Madrid para otra ocasión.
Por eso cuando leo el comentario de Javier, me hace sonreír la ingenuidad:
Ojo, porque aquí hablo (y hablaba) de acentos. Se pueden cumplir con las reglas gramaticales y sintácticas del castellano enunciando cualquier acento. Y, de paso, el castellano sin acento no existe. Ya sea en Salamanca (el barrio madrileño o la ciudad), Burgos, Lugo o Buenos Aires, todos tenemos un acento. Al oír otro distinto nos choca al igual que a los otros les choca oír el nuestro.
Si vamos a suponer que el acento madrileño es el correcto, debemos preguntar cuál. ¿El que tiene la madrileñísema ese implosiva? ¿El del Madrí o el de Madriz? ¿El del pesca'o o pescado? De cualquier manera, si se elige una de esas variedades (en detrimento de las demás), entonces debemos enfrentarnos al hecho que la normativa resultante parezca ofensiva en buenas partes de la península. Que le digan a un sevillano que su forma de hablar es subestándar. Y que se lo diga un madrileño chuleta, nada menos, seguro que sienta de maravilla.
Y si es ofensiva en la Península Ibérica, en el resto del mundo hispanohablante resultaría ridícula. O sea, el 96 por ciento de los que tienen a nuestro idioma como lengua materna no estarían de acuerdo. Y a esos hay que añadirles los que digan Madrí (o Madriz, depende), y los que tengan ese implosiva o no (depende también de quién elija qué). Estos últimos disidentes estarían en el corazón de la bestia, por así decirlo.
El último recurso de este argumento es el del castellano puro, que se debe hablar (nos imaginamos idílicamente) en las calles más refinadas de diversas capitales de Castilla y León. Pero el fenómeno de la de final como θ (o sea, Madriz) está muy de boga en el valle del Duero (al igual que las variaciones señaladas en este fascinante mapa), o sea que habría que irse a otra parte para encontrarlo. En ninguna parte de Castilla «La Vieja» ya se pronuncia la d aproximante de -ado (ver este mapa).
¿La Rioja? La corriente de rr asibiliada asustará un poco a los puristas. Y en su parte oriental la erre final a veces se pronuncia levemente (horror) como ele. Quizá Bogotá, cuyos nativos asegurar tener el mejor español del mundo, pero les falta el ceceo, que es el sine qua non de este argumento baladí.
Al hacer estas consideraciones se llegará, espero, a la conclusión de que hay muchas formas de pelar el gato. Que no nos guste el acento ajeno no quiere decir que el nuestro sea mejor. Esperar que se cumplan las normas gramaticales, sintácticas y morfológicas, sin muchas palabras malsonantes, joer, es lo más que se puede pedir.
Por último, en Inglaterra, rica en diversidad lingüística, se ha realizado una reacción en contra del formalismo del inexistente «inglés del rey», y las variantes regionales están muy de moda. Recomiendo The Stories of English, de David Crystal, para mayor información. El resto ya pertenece a la historia y a My Fair Lady.
Luego, el cambio de pronunciar la de al final de una palabra con θ (la zeta nuestra de todos los días, fonema que el castellano creó hace cinco siglos), o contrariamente, hacerla muda. Cualquier residente de Madrid puede hacer la prueba con 100 nativos de la Villa y Corte: casi todos dirán Madrí o Madriz, pero apuesto que ninguno, salvo los que estén muy conscientes del tema o los cursis a los que se refería mi madre, optará por enunciar claramente la última d de la ciudad. Perdón, ciudá (o ciudaz).
Lo mismo sucede con salud, verdad y el resto de las palabras que terminan en la letra de.
Y eso que nuestro idioma «es absolutamente fonético, se pronuncian todas las letras, no como el inglés», y que los tres ejemplos se centran en la capital de su cuna. Dejaré los cambios léxicos (¿cuánta gente ya se pone a régimen o compra un almanaque?) y el yeísmo que crece en la zona sur de Madrid para otra ocasión.
Por eso cuando leo el comentario de Javier, me hace sonreír la ingenuidad:
Se suele decir que los diferentes acentos y giros que se utilizan al hablar el español son muestra de la "riqueza" cultural de la lengua, a mi [sic] me espantan, y en el mejor de los casos me invitan a la risa. En Inglaterra el acento es el más importante distintivo de tu condición social. Un mal acento limita considerablemente tus posibilidades de ascenso social, a menos que seas futbolista o algo de eso, es decir, chusma rica.
Ojo, porque aquí hablo (y hablaba) de acentos. Se pueden cumplir con las reglas gramaticales y sintácticas del castellano enunciando cualquier acento. Y, de paso, el castellano sin acento no existe. Ya sea en Salamanca (el barrio madrileño o la ciudad), Burgos, Lugo o Buenos Aires, todos tenemos un acento. Al oír otro distinto nos choca al igual que a los otros les choca oír el nuestro.
Si vamos a suponer que el acento madrileño es el correcto, debemos preguntar cuál. ¿El que tiene la madrileñísema ese implosiva? ¿El del Madrí o el de Madriz? ¿El del pesca'o o pescado? De cualquier manera, si se elige una de esas variedades (en detrimento de las demás), entonces debemos enfrentarnos al hecho que la normativa resultante parezca ofensiva en buenas partes de la península. Que le digan a un sevillano que su forma de hablar es subestándar. Y que se lo diga un madrileño chuleta, nada menos, seguro que sienta de maravilla.
Y si es ofensiva en la Península Ibérica, en el resto del mundo hispanohablante resultaría ridícula. O sea, el 96 por ciento de los que tienen a nuestro idioma como lengua materna no estarían de acuerdo. Y a esos hay que añadirles los que digan Madrí (o Madriz, depende), y los que tengan ese implosiva o no (depende también de quién elija qué). Estos últimos disidentes estarían en el corazón de la bestia, por así decirlo.
El último recurso de este argumento es el del castellano puro, que se debe hablar (nos imaginamos idílicamente) en las calles más refinadas de diversas capitales de Castilla y León. Pero el fenómeno de la de final como θ (o sea, Madriz) está muy de boga en el valle del Duero (al igual que las variaciones señaladas en este fascinante mapa), o sea que habría que irse a otra parte para encontrarlo. En ninguna parte de Castilla «La Vieja» ya se pronuncia la d aproximante de -ado (ver este mapa).
¿La Rioja? La corriente de rr asibiliada asustará un poco a los puristas. Y en su parte oriental la erre final a veces se pronuncia levemente (horror) como ele. Quizá Bogotá, cuyos nativos asegurar tener el mejor español del mundo, pero les falta el ceceo, que es el sine qua non de este argumento baladí.
Al hacer estas consideraciones se llegará, espero, a la conclusión de que hay muchas formas de pelar el gato. Que no nos guste el acento ajeno no quiere decir que el nuestro sea mejor. Esperar que se cumplan las normas gramaticales, sintácticas y morfológicas, sin muchas palabras malsonantes, joer, es lo más que se puede pedir.
Por último, en Inglaterra, rica en diversidad lingüística, se ha realizado una reacción en contra del formalismo del inexistente «inglés del rey», y las variantes regionales están muy de moda. Recomiendo The Stories of English, de David Crystal, para mayor información. El resto ya pertenece a la historia y a My Fair Lady.

Comentarios ( 2)
Mmm. El problema que le veo a esos mapas de isoglosas que citas es que se realizaron entre 1930 y 1936. Creo que eso son muchos años como para considerar que en la actualidad las cosas siguen igual... Aunque supongo que habrás sacado información de algún otro lugar.
Un besito!
Por Nobuko | 25 de Febrero 2008 a las 08:39 AM
eso no tiene sentido
Por juana | 1 de Septiembre 2008 a las 05:42 PM