Si no hubiera ocurrido nada el 11 de septiembre de 2001, la historia hubiera registrado el meteórico ascenso de Rudy Giuliani y su estrepitosa caída. De cómo un Ícaro ineluctable fue abatido por varias circunstancias personales, desde un cáncer debilitador pasando por una serie de escándalos en su vida particular.
Con el blasón de la reforma y el cambio, Giuliani se hizo con las riendas de una Nueva York abatida y a punto de transformarse. Varias medidas que sus antecesores pusieron en marcha maduraron durante su mandato, y una serie de normas restrictivas lograron reducir el crimen y la decrepitez que amenazaba la ciudad.
Echado pa' lante y con espíritu inquisidor, Giuliani se atribuyó todo avance de la ciudad (es muy debatible que la caída en picado del crimen hubiera sido gracias a él, pero en el fondo da igual), estableciendo una disciplina de cero tolerancia (ya sea con las pintadas del metro, los pordioseros que limpiaban parabrisas o con ciertas mafias).
Un buen ejemplo es la Calle 42, la arteria más emblemática del nuevo Manhattan con sus teatros luminosos y atracciones turísticas. Hace 25 años, la calle era de mala muerte y sólo un impulso vecinal con décadas de frustraciones logró romper el monopolio de prostitución y pornografía. La disneyficación de Nueva York llegó por ahí (y su esplendorosa vecina de Times Square) y aunque el cambio fue fruto de muchos años de pequeños cambios y acción vecinal que culminó en su mandato, a Giuliani no le importó sumarlo a su currículum.
En una ciudad de izquierdas, sus impulsos de ley y orden saciaron a una población harta del aparente desmadre.
En Florida por fin llegó a su fin la desastrosa campaña. Sin una buracracia donde apoyarse, la competencia administrativa de Giuliani se ha hecho patente.
Con el blasón de la reforma y el cambio, Giuliani se hizo con las riendas de una Nueva York abatida y a punto de transformarse. Varias medidas que sus antecesores pusieron en marcha maduraron durante su mandato, y una serie de normas restrictivas lograron reducir el crimen y la decrepitez que amenazaba la ciudad.
Echado pa' lante y con espíritu inquisidor, Giuliani se atribuyó todo avance de la ciudad (es muy debatible que la caída en picado del crimen hubiera sido gracias a él, pero en el fondo da igual), estableciendo una disciplina de cero tolerancia (ya sea con las pintadas del metro, los pordioseros que limpiaban parabrisas o con ciertas mafias).
Un buen ejemplo es la Calle 42, la arteria más emblemática del nuevo Manhattan con sus teatros luminosos y atracciones turísticas. Hace 25 años, la calle era de mala muerte y sólo un impulso vecinal con décadas de frustraciones logró romper el monopolio de prostitución y pornografía. La disneyficación de Nueva York llegó por ahí (y su esplendorosa vecina de Times Square) y aunque el cambio fue fruto de muchos años de pequeños cambios y acción vecinal que culminó en su mandato, a Giuliani no le importó sumarlo a su currículum.
En una ciudad de izquierdas, sus impulsos de ley y orden saciaron a una población harta del aparente desmadre.
En Florida por fin llegó a su fin la desastrosa campaña. Sin una buracracia donde apoyarse, la competencia administrativa de Giuliani se ha hecho patente.

Comentarios ( 1)
No conozco los meritos de los otros aspirantes republicanos, pero a las personas que han tenido responsabilidades politicas y "mando" hay que juzgarlas por sus hechos. Que NY mejoró con Giuliani es algo que admiten hasta los más recalcitrantes demócratas.
Por javier | 31 de Enero 2008 a las 09:13 AM