El metro de Nueva York recibe malas notas por parte de sus usuarios.
En un intento de transparencia, el vetusto y abusado metro de mi ciudad ha presentado formularios para que sus pasajeros despotriquen sobre lo peor y mejor de las líneas que utilizan.
Los 22 renglones incluyen demoras mínimas durante los viajes, espacio adecuado a bordo en horas punta, limpieza de las estaciones y temperatura agradable en los trenes. Como era de esperar, los usuarios vapulearon. En la línea F, 13.000 encuestados dieron sus peores notas a la limpieza, espacio durante horas punta y claridad a la hora de los anuncios.
Al ver que los cinco millones de pasajeros, muchas veces estrujados como sardinas, no están satisfechos, el servicio de metro anunció hoy que cada línea tendra su propio jefe que gestionará las reparaciones y establecerá los horarios. Quien conoce el metro de esta ciudad sabe que eso puede ser un desmadre, muchas líneas tienen vías compartidas y casi ninguna puede ir por su cuenta (sin mirar el mapa se me ocurren dos excepciones, la 7 y la L; ningún tren de otra línea circula por sus vías).
Lo cual saca a colación el tema de los anuncios. Si se tiene en cuenta que muchos pasajeros no entienden inglés y que muchas veces musitan en altavoces desfasados que hacen que Manuel Fraga parezca un ejemplo de dicción, casi nunca se entiende lo que dicen los anuncios. Y esto es fundamental porque a la menor avería, muchos trenes son desviados. El pasado sábado nos montamos en un tren de la línea D que debido a un fallo mecánico, iba por la vía del A, tren que circula algo lejos. No nos enteramos hasta llegar a una estación distinta a la que le correspondía.
Unas horas antes, una señora nos informó que el andén reservado para las líneas 2 y 3 en la Calle 34 tendría las paradas de la línea del tren 1, y viceversa. En lugar de una señora, bastante agitada y cansada, tendría que haber habido un cartel o un anuncio permanente. Estos problemas se multiplican, sobre todo el fin de semana y el viajero desprevenido se puede llevar un susto o perder media hora. Y si los empleados no atinan su dicción, los atentos también.
El problema es que el sistema está desfasado y nadie, aparte de un mantenimiento muy básico, tiene el dinero para renovarlo. El ayuntamiento, la autoridad portuaria y el estado se lava las manos y menciona la contraseña pactada para estos casos: déficit.
Como ejemplo, la comparación con mi querido metro de Madrid. En 1983 el metro de Madrid apenas tenía 100 kilómetros de longitud y el de Nueva York 1.320. Veinticinco años después, el de Madrid casi se ha triplicado con 167 kilómetros y el de Nueva York ha añadido 35 kilómetros de vía. Si se comparan sus dos grandes estaciones bandera, Sol y Times Square, las diferencias son gigantescas. Una ha sido remozada y aunque muy pequeñita en comparación es bastante fácil de recorrer. La otra está anticuada, es un avispero de gente (nada menos que 12 líneas paran en Times Square, en 16 andenes distintos) y se ve ante todo utilitaria.
Y si comparamos las dos más recientes de cada sistema, Sutphin Blvd. y Planetario, pues dan ganas de echarse a llorar. El metro de Nueva York es bastante más poético y menos aséptico que el de Madrid (el kilometraje abstracto varía en estas cosas) y bastante más variado. Las antiguas estaciones de la línea 8 (actual 10 por la Castellana), recubiertas de mármol, eran lo más frío en todo el sentido de la palabra. Las de Nueva York, andamiadas algunas con palillos, tienen mayor variedad visual. Pero ojalá fuera a veces más como el de Madrid.
En un intento de transparencia, el vetusto y abusado metro de mi ciudad ha presentado formularios para que sus pasajeros despotriquen sobre lo peor y mejor de las líneas que utilizan.
Los 22 renglones incluyen demoras mínimas durante los viajes, espacio adecuado a bordo en horas punta, limpieza de las estaciones y temperatura agradable en los trenes. Como era de esperar, los usuarios vapulearon. En la línea F, 13.000 encuestados dieron sus peores notas a la limpieza, espacio durante horas punta y claridad a la hora de los anuncios.
Al ver que los cinco millones de pasajeros, muchas veces estrujados como sardinas, no están satisfechos, el servicio de metro anunció hoy que cada línea tendra su propio jefe que gestionará las reparaciones y establecerá los horarios. Quien conoce el metro de esta ciudad sabe que eso puede ser un desmadre, muchas líneas tienen vías compartidas y casi ninguna puede ir por su cuenta (sin mirar el mapa se me ocurren dos excepciones, la 7 y la L; ningún tren de otra línea circula por sus vías).
Lo cual saca a colación el tema de los anuncios. Si se tiene en cuenta que muchos pasajeros no entienden inglés y que muchas veces musitan en altavoces desfasados que hacen que Manuel Fraga parezca un ejemplo de dicción, casi nunca se entiende lo que dicen los anuncios. Y esto es fundamental porque a la menor avería, muchos trenes son desviados. El pasado sábado nos montamos en un tren de la línea D que debido a un fallo mecánico, iba por la vía del A, tren que circula algo lejos. No nos enteramos hasta llegar a una estación distinta a la que le correspondía.
Unas horas antes, una señora nos informó que el andén reservado para las líneas 2 y 3 en la Calle 34 tendría las paradas de la línea del tren 1, y viceversa. En lugar de una señora, bastante agitada y cansada, tendría que haber habido un cartel o un anuncio permanente. Estos problemas se multiplican, sobre todo el fin de semana y el viajero desprevenido se puede llevar un susto o perder media hora. Y si los empleados no atinan su dicción, los atentos también.
El problema es que el sistema está desfasado y nadie, aparte de un mantenimiento muy básico, tiene el dinero para renovarlo. El ayuntamiento, la autoridad portuaria y el estado se lava las manos y menciona la contraseña pactada para estos casos: déficit.
Como ejemplo, la comparación con mi querido metro de Madrid. En 1983 el metro de Madrid apenas tenía 100 kilómetros de longitud y el de Nueva York 1.320. Veinticinco años después, el de Madrid casi se ha triplicado con 167 kilómetros y el de Nueva York ha añadido 35 kilómetros de vía. Si se comparan sus dos grandes estaciones bandera, Sol y Times Square, las diferencias son gigantescas. Una ha sido remozada y aunque muy pequeñita en comparación es bastante fácil de recorrer. La otra está anticuada, es un avispero de gente (nada menos que 12 líneas paran en Times Square, en 16 andenes distintos) y se ve ante todo utilitaria.
Y si comparamos las dos más recientes de cada sistema, Sutphin Blvd. y Planetario, pues dan ganas de echarse a llorar. El metro de Nueva York es bastante más poético y menos aséptico que el de Madrid (el kilometraje abstracto varía en estas cosas) y bastante más variado. Las antiguas estaciones de la línea 8 (actual 10 por la Castellana), recubiertas de mármol, eran lo más frío en todo el sentido de la palabra. Las de Nueva York, andamiadas algunas con palillos, tienen mayor variedad visual. Pero ojalá fuera a veces más como el de Madrid.

Comentarios ( 1)
Las inversiones en infraestructuras a utilizar por los usuarios, responden en USA a una determinada filosofia económica: el beneficio. El metro no será nunca rentable, luego no se invierte, y que se jodan los usuarios. Aqui de monento no es así, por cierto en la Comunidad de Madrid gobierna Esperanza Aguirre, je je..
Por javier | 8 de Diciembre 2007 a las 04:45 AM