En su libro, The Ugly American, William Lederer and Eugene Burdick, exponen al viajero estadounidense que durante su estancia en el extranjero se comporta como un perfecto imbécil.
«Por algún motivo, los estadounidenses que conocía en mi país no eran los mismos que conocí en Estados Unidos. Un cambio misterioso parece haberles transformado cuando van al extranjero. Se aíslan socialmente. Viven ostentosamente. Son ruidosos y pretenciosos. Quizá estén asustados y a la defensiva, o quizá no estén adecuadamente educados y cometan errores debido a la ignorancia», comentaba un periodista birmano en el libro.
Hay muchos ejemplos de este comportamiento (el estadounidense que comentó que la Kaiser Wilhelm Gedächtniskirche de Berlin estaba en ruinas y debería ser reconstruida, sin saber que era un monumento a la Segunda Guerra Mundial), y una vez en el hotel Emperador de la Gran Vía me tocó un neoyorquino que me dijo que la gente de Madrid «hablaba un español bastante peculiar» («They speak funny Spanish here»).
El síndrome lo he visto en otras nacionalidades. En Playa Las Águilas, quizá la más espectacular y virginal de República Dominicana, me topé con unos señores cubanos que se quejaban que no hubiere instalaciones turísticas.
Pero de este síndrome el que más me ha dolido ha sido el del español en el extranjero. Los ejemplos son varios, y algunos los he contado aquí:
Ayer pasó en menor medida frente a la imponente estatua, Alma Máter, frente a la Universidad de Columbia. La mayoría de las personas posaban ante la imagen con respeto y cierta distancia, pero una cuadrilla española, de visita, decidió arrimarse y subirse a ella como si fuera la Cibeles y el Real Madrid acabara de ganar la Copa de Europa. Pitillo en ristre y con cara de guasa, la foto no les hace mucha justicia (les pillé en un momento más sereno). Francamente, da vergüenza.
«Por algún motivo, los estadounidenses que conocía en mi país no eran los mismos que conocí en Estados Unidos. Un cambio misterioso parece haberles transformado cuando van al extranjero. Se aíslan socialmente. Viven ostentosamente. Son ruidosos y pretenciosos. Quizá estén asustados y a la defensiva, o quizá no estén adecuadamente educados y cometan errores debido a la ignorancia», comentaba un periodista birmano en el libro.
El síndrome lo he visto en otras nacionalidades. En Playa Las Águilas, quizá la más espectacular y virginal de República Dominicana, me topé con unos señores cubanos que se quejaban que no hubiere instalaciones turísticas.
Pero de este síndrome el que más me ha dolido ha sido el del español en el extranjero. Los ejemplos son varios, y algunos los he contado aquí:
- En el tranquilo río subterráneo de Xcaret, en México, aparece una trompa ibérica, rompiendo el agradable silencio y comentando: «Jodeeeeeeeeeer, esto está más oscuro que el metro».
- En el Moma, una señora que se encarga a grito pelado de decir a todo pulmón «Para arte moderno, el Reina Sofía».
- En el mismo museo, unas imponentes esculturas de Richard Serra son calificadas, en el mejor acento castizo, como «chapa fina».
- En un restaurante de Ámsterdam: «¿Sabes? Creo que este local es de maricas».
Ayer pasó en menor medida frente a la imponente estatua, Alma Máter, frente a la Universidad de Columbia. La mayoría de las personas posaban ante la imagen con respeto y cierta distancia, pero una cuadrilla española, de visita, decidió arrimarse y subirse a ella como si fuera la Cibeles y el Real Madrid acabara de ganar la Copa de Europa. Pitillo en ristre y con cara de guasa, la foto no les hace mucha justicia (les pillé en un momento más sereno). Francamente, da vergüenza.

Comentarios ( 1)
Tampoco hay que pasarse, en Inglaterra, con la tradicción democratica más antigua de occidente, donde no se apean de la boca el "please" y el "thank you", tienen a los hoolligans. El tema es más simple, la mayoria de la gente es chusma, aunque asumir la dura realidad te convierta en elitista
Por JAVIER | 5 de Noviembre 2007 a las 11:34 AM