
Volvimos despacito a casa, admirando las hojas que todavía no han caído, con sus maravillosos colores. A la radio pública le dio por poner el Scherezade de Rimsky-Korsakov, y el momento fue francamente emocionante. Es difícil definir la variedad del colorido que luego me di cuenta fue ampliado por mis gafas de sol con protección ultravioleta, pero pongo una fotito para que se tenga en cuenta.
Ya de vuelta alcanzamos Manhattan por la ribera izquierda del Hudson, donde se abre un cañón que mira al río. Las vistas de la ciudad y del río en sí son impresionantes, desde el mirador a 155 metros de altura. Un final espectacular a un viajecito de dos días.