De toda la inmigración masiva que pobló Nueva York a mediados y finales del siglo XIX, la única que se mantiene en este momento es la china. Ya los irlandeses, italianos, alemanes cristianos y judíos rusos y alemanes no vienen en gigantescas oleadas, sustituidos en gran parte por hispanos, caribeños y africanos.
Pero los chinos siguen llegando, y ciertos distritos de Chinatown tienen la misma densidad (y hacinamiento) hoy en día que cuando los irlandeses abarrotaron las mismas manzanas en 1840 y 1850. Un viaje a Chinatown (que ya ha desbordado a la Pequeña Italia y quizá en una década se haga con buena parte del SoHo) parece casi un viaje a China: no se ven muchas caras caucásicas y casi todos los letreros están en chino.
Hace casi un mes, mientras paseamos por el parque Sarah Delano Roosevelt se nos acercaron tres misionarios con sus impecables camisas blancas, corbatas y pantalones negros, y plaquitas de identidad con su nombre y afiliación. Temí que íbamos a ser evangelizados por los mormones, pero no fue así: los tres rubios discípulos de Joseph Smith empezaron a hablar en chino (no sé si mandarín o cantonés; este último dominaba hasta hace poco Chinatown) a un transeúnte y poco tenían una acalorada conversación.
Me he dado cuenta en otras cosas: la tienda de tacos y comida tex-mex de la esquina está regentada por chinos. El único hispano ahí hace las entregas a domicilios. Los burritos (me refiero al plato, claro) estaban buenos.
Si parece que tenía cierto prejuicio con esto, es cierto. La tienda de ultramarinos de mi barrio también está administrada por chinos. Me parecía algo raro comprar queso de Roncal o manchego a un señor chino. Pero me he dado cuenta que sabe mucho más de quesos que yo, y ya me fío ciegamente de su criterio. Cada vez que compro los carísimos manchegos cremosos a 25 dólares el kilo, o pido consejo sobre un gorgonzola picante, sé que estoy en buenas manos.
Pero los chinos siguen llegando, y ciertos distritos de Chinatown tienen la misma densidad (y hacinamiento) hoy en día que cuando los irlandeses abarrotaron las mismas manzanas en 1840 y 1850. Un viaje a Chinatown (que ya ha desbordado a la Pequeña Italia y quizá en una década se haga con buena parte del SoHo) parece casi un viaje a China: no se ven muchas caras caucásicas y casi todos los letreros están en chino.
Hace casi un mes, mientras paseamos por el parque Sarah Delano Roosevelt se nos acercaron tres misionarios con sus impecables camisas blancas, corbatas y pantalones negros, y plaquitas de identidad con su nombre y afiliación. Temí que íbamos a ser evangelizados por los mormones, pero no fue así: los tres rubios discípulos de Joseph Smith empezaron a hablar en chino (no sé si mandarín o cantonés; este último dominaba hasta hace poco Chinatown) a un transeúnte y poco tenían una acalorada conversación.
Me he dado cuenta en otras cosas: la tienda de tacos y comida tex-mex de la esquina está regentada por chinos. El único hispano ahí hace las entregas a domicilios. Los burritos (me refiero al plato, claro) estaban buenos.
Si parece que tenía cierto prejuicio con esto, es cierto. La tienda de ultramarinos de mi barrio también está administrada por chinos. Me parecía algo raro comprar queso de Roncal o manchego a un señor chino. Pero me he dado cuenta que sabe mucho más de quesos que yo, y ya me fío ciegamente de su criterio. Cada vez que compro los carísimos manchegos cremosos a 25 dólares el kilo, o pido consejo sobre un gorgonzola picante, sé que estoy en buenas manos.

Comentarios ( 1)
Son más de 1300 millones, y en algún lado se tienen que meter. Entran sin hacer ruido y se quedan, pero no se integran. En su país JAMAS ha habido una democracia y eso es preocupante
Por javier | 24 de Octubre 2007 a las 01:55 PM