Desde que llegamos a Nueva York hace poco más de cinco meses y pico, hemos hecho todo tipo de paseo para conocer la ciudad. Creo que salvo una vez, todos los fines de semana hemos ido a alguna parte y descubierto algún sitio. De hecho, he hablado con personas que llevan aquí muchos años y me sorprende ver que hay lugares como los Cloisters, el edificio Flatiron o el fabuloso Shake Shack del Parque Madison que les resultan absolutamente desconocidos.
Hay una razón práctica detrás de todo esto, pues cuando venga el frío me parece que no vamos a salir tanto. Pero ahí está el quid, el frío no llega. Estamos casi a finales de octubre y la máxima de este fin de semana va a ser de 23 grados, bastante llevaderos.
Hoy por la mañana no decidí recorrerme todo Broadway o Alphabet City, mi itinerario era mucho menos ambicioso. Bajé el kilómetro por mi calle hasta la zona comercial de Forest Hills, para ir al banco.
Entre el sol, el fresquito y la gente, que tiene esa energía palpable de la ciudad, me puse de muy buen humor. Aunque no todo el monte ha sido orégano ni lo sigue siendo, me alegro de haberme mudado a esta ciudad. A veces hace falta un paseo para percatarse de ello.
Hay una razón práctica detrás de todo esto, pues cuando venga el frío me parece que no vamos a salir tanto. Pero ahí está el quid, el frío no llega. Estamos casi a finales de octubre y la máxima de este fin de semana va a ser de 23 grados, bastante llevaderos.
Hoy por la mañana no decidí recorrerme todo Broadway o Alphabet City, mi itinerario era mucho menos ambicioso. Bajé el kilómetro por mi calle hasta la zona comercial de Forest Hills, para ir al banco.
Entre el sol, el fresquito y la gente, que tiene esa energía palpable de la ciudad, me puse de muy buen humor. Aunque no todo el monte ha sido orégano ni lo sigue siendo, me alegro de haberme mudado a esta ciudad. A veces hace falta un paseo para percatarse de ello.
