A veces no sé qué pensar de George W. Bush. No estoy seguro si es sencillamente maquiavélico o más bien un tonto con buenas intenciones pero firmes ideologías. El domingo salió un artículo en el New York Times que arroja más duda al tema.
Si algo puede señalarse como el efecto Pandora, la acción que desató la lenta sangría de Irak, fue el desmantelamiento de tropas y policías iraquíes en la primavera de 2003. Teniendo en cuenta que los desmanes civiles (por lo menos los organizados) no empezaron ya en serio hasta octubre de ese año, Estados Unidos tuvo cinco meses de paz relativa en los cuales podría haber depurado el ejército y otras fuerzas del orden y por lo menos dar cierta paz a los iraquíes. Muy posiblemente, Al Qaeda hubiera fracasado en su intento de formar una base operativa.
Enviar a cientos de miles de personas armadas (y derrotadas) a sus casas sin pagarles un céntimo es de por sí una idea peligrosa. Estados Unidos lo hizo sin pensarlo mucho el 23 de mayo de 2003.
El caso es que al autor Robert Draper, cuyo libro sale hoy, le concedieron varias entrevistas con Bush. Cuando le preguntó sobre la licencia de las tropas iraquíes, el presidente contestó que no se acordaba bien de su reacción en el momento (aunque dijo estar en contra): «Sí, no me acuerdo, estoy seguro que dije: "Esta era la política, ¿qué ha pasado?"»
La respuesta sorprende porque se puede esperar de un padre cuyo hijo ha cogido las llaves del coche sin permiso, pero no del líder de una invasión.
Pero el embajador Paul Bremer, artífice de la decisión (argumentó que ya las tropas estaban licenciadas de por sí, un sofisma que evita la cuestión de ordenar comparecer a los que quisieran), entregó ayer una carta al New York Times, en la cual se adjuntaban varias circulares al presidente, incluyendo un aviso de su orden de mayo de 2003 de desmantelar el ejército.
En ese entonces, Bush comentó en su contestación a la carta: «Tu liderazgo es obvio». Y con estos bueyes tenemos que arar. Cada vez me asombra más no por sus ambiciones sino por su incompetencia.
Si algo puede señalarse como el efecto Pandora, la acción que desató la lenta sangría de Irak, fue el desmantelamiento de tropas y policías iraquíes en la primavera de 2003. Teniendo en cuenta que los desmanes civiles (por lo menos los organizados) no empezaron ya en serio hasta octubre de ese año, Estados Unidos tuvo cinco meses de paz relativa en los cuales podría haber depurado el ejército y otras fuerzas del orden y por lo menos dar cierta paz a los iraquíes. Muy posiblemente, Al Qaeda hubiera fracasado en su intento de formar una base operativa.
Enviar a cientos de miles de personas armadas (y derrotadas) a sus casas sin pagarles un céntimo es de por sí una idea peligrosa. Estados Unidos lo hizo sin pensarlo mucho el 23 de mayo de 2003.
El caso es que al autor Robert Draper, cuyo libro sale hoy, le concedieron varias entrevistas con Bush. Cuando le preguntó sobre la licencia de las tropas iraquíes, el presidente contestó que no se acordaba bien de su reacción en el momento (aunque dijo estar en contra): «Sí, no me acuerdo, estoy seguro que dije: "Esta era la política, ¿qué ha pasado?"»
La respuesta sorprende porque se puede esperar de un padre cuyo hijo ha cogido las llaves del coche sin permiso, pero no del líder de una invasión.
Pero el embajador Paul Bremer, artífice de la decisión (argumentó que ya las tropas estaban licenciadas de por sí, un sofisma que evita la cuestión de ordenar comparecer a los que quisieran), entregó ayer una carta al New York Times, en la cual se adjuntaban varias circulares al presidente, incluyendo un aviso de su orden de mayo de 2003 de desmantelar el ejército.
En ese entonces, Bush comentó en su contestación a la carta: «Tu liderazgo es obvio». Y con estos bueyes tenemos que arar. Cada vez me asombra más no por sus ambiciones sino por su incompetencia.
