24 de septiembre de 2005. En esta mañana hay más agua y ramas que vehículos en la autopista I-10 en dirección este, hacia Beaumont. El huracán Rita acaba de tomar tierra hace unas cinco horas cerca de Port Arthur, a unos 70 kilómetros de aquí. Con vientos de casi 190 kilómetros por hora, Rita azotó una de las zonas menos habitadas de la costa del Golfo de México.
Me dirijo hacia el puerto a cubrir el impacto reciente del huracán, nada menos que un descapotable Chrysler Sebring. El problema es que estoy entrando a una zona de huracán solo, sin más gasolina que la de mi depósito (en el mejor de los casos, las gasolineras tardarían dos días en abrir) y con un vehículo que se hundirá en un charco de más de 20 centímetros.
Lógicamente, cuando llegué a Port Arthur no había cobertura de móvil, ni me pude conectar con la gente de la cadena de televisión que estaba por la zona. Ni puedo dirigirme a ninguna otra parte debido a que no me alcanzaría la gasolina. Es parte de la angustia de la cobertura, que ya la había vivido con los huracanes Frances y Jeanne el año anterior, pero esta vez estaba solo, sin mapas (no había tienda abierta que me los vendiera) y sin forma de comunicarme una vez en la zona afectada.
Cuando decides cometer una locura (aceptar ir a una ciudad a punto de ser abrumada por un huracán de categoría cinco), el resto de los despropósitos brotan por su cuenta, sin mucho análisis. Y ya metido en un marco de acción absolutamente ilógico, toda insensatez cuadra. Y se repite. Como en muchas ocasiones de mi vida en las que he hecho burradas voluntarias, me salvó la suerte. Anduve con pies de plomo por Port Arthur, donde la policía alucinaba al verme en descapotable, y volví a Houston ileso y con muy poca gasolina.
De ese día la memoria que más sobrevive no es de llegar a Port Arthur antes que otros medios ni de los daños extensos. Es de la angustia que tenía al intentar calcular si me quedaría sin gasolina en medio de la nada, con medio depósito de combustible, con una posibilidad muy real de estar horas tirado en la carretera sin poder distraer a los equipos de rescate y, para colmo, sufriendo los últimos coletazos de Rita.
Cuando llamé a mi editora, lleno de angustia, sobre la posibilidad de quedarme tirado en una zona aún afectada por un huracán, su respuesta con acento porteño fue: «Llamá a un taxi».
Meses más tarde me percaté de que todo lo disparatado de esos tres días fue subrayado por esa frase. Creo que he hecho tantos cambios radicales en mi vida para volver a una normalidad teórica. Aunque también me doy cuenta que de normal, normal tengo muy poco.
Me dirijo hacia el puerto a cubrir el impacto reciente del huracán, nada menos que un descapotable Chrysler Sebring. El problema es que estoy entrando a una zona de huracán solo, sin más gasolina que la de mi depósito (en el mejor de los casos, las gasolineras tardarían dos días en abrir) y con un vehículo que se hundirá en un charco de más de 20 centímetros.
Lógicamente, cuando llegué a Port Arthur no había cobertura de móvil, ni me pude conectar con la gente de la cadena de televisión que estaba por la zona. Ni puedo dirigirme a ninguna otra parte debido a que no me alcanzaría la gasolina. Es parte de la angustia de la cobertura, que ya la había vivido con los huracanes Frances y Jeanne el año anterior, pero esta vez estaba solo, sin mapas (no había tienda abierta que me los vendiera) y sin forma de comunicarme una vez en la zona afectada.
Cuando decides cometer una locura (aceptar ir a una ciudad a punto de ser abrumada por un huracán de categoría cinco), el resto de los despropósitos brotan por su cuenta, sin mucho análisis. Y ya metido en un marco de acción absolutamente ilógico, toda insensatez cuadra. Y se repite. Como en muchas ocasiones de mi vida en las que he hecho burradas voluntarias, me salvó la suerte. Anduve con pies de plomo por Port Arthur, donde la policía alucinaba al verme en descapotable, y volví a Houston ileso y con muy poca gasolina.
De ese día la memoria que más sobrevive no es de llegar a Port Arthur antes que otros medios ni de los daños extensos. Es de la angustia que tenía al intentar calcular si me quedaría sin gasolina en medio de la nada, con medio depósito de combustible, con una posibilidad muy real de estar horas tirado en la carretera sin poder distraer a los equipos de rescate y, para colmo, sufriendo los últimos coletazos de Rita.
Cuando llamé a mi editora, lleno de angustia, sobre la posibilidad de quedarme tirado en una zona aún afectada por un huracán, su respuesta con acento porteño fue: «Llamá a un taxi».
Meses más tarde me percaté de que todo lo disparatado de esos tres días fue subrayado por esa frase. Creo que he hecho tantos cambios radicales en mi vida para volver a una normalidad teórica. Aunque también me doy cuenta que de normal, normal tengo muy poco.

Comentarios ( 2)
Lo de ser un aventurero se lleva en los genes. La vida es más emocionante, si las cosas salen bien, sino, lo peor no es que te jodes tu, sino que jodes a otras personas.
Por javier | 26 de Septiembre 2007 a las 11:38 AM
si, yo tambien tengo muy poco de normal
Por jorge | 27 de Septiembre 2007 a las 12:28 AM