Cuando era reportero de turno, hace más de una década, lo que peor llevaba era escribir obituarios. Los afectados no te quieren hablar, o están tan interesados en rehabilitar la imagen del fallecido para la posteridad que te sueltan unas «trolas» de aúpa.
Lo más difícil es llamar e identificarse. Ayer me tocó hacerlo, pues el único que podía hablar con una madre dominicana que perdió a un hijo soldado en Irak era yo.
Doña María Alcántara, santiaguera, enviudó cuando su hijo Juan Alcántara apenas tenía cinco años. Se mudó a Nueva York y ahí luchó contra viento y marea para educar a sus hijos, mientras cuidaba ancianos. Vivían en la dominicanísima zona de Washington Heights, un barrio humilde en la punta norte de Manhattan.
Juan era un fanático del baloncesto pero nunca le dio problemas a su madre. Tentado por las ofertas de becas, se alistó en el ejército. «Cuando hizo la secundaria, le llegaban cartas del ejército, les lavan el cerebro», me dijo la madre entre sollozos.
A finales de junio del año pasado, fue enviado a Irak durante un año. En un permiso, su novia se quedó embarazada. Al entrar, el ejército le prometió que sólo estaría 12 meses. Pero las realidades de esta guerra son muy distintas a las ideadas por sus promotores.
Cuando la novia se acercó al alumbramiento, el ejército extendió su estadía en Irak. Desesperados, tramitaron con la Cruz Roja el regreso temporal para que el padre viera nacer a su hija. Fue denegado por el ejército.
Doña María estaba viviendo en un estado de desesperación, cada informe de muerte de soldados estadounidenses en Irak le quitaba sueño. En cuanto volviera, Juan se iba a casar con su novia y como dice su madre, «darle su apellido a la niña». Se iban a ir a Santo Domingo para conocer a las familias de ambos, en Santiago y en La Romana.
El domingo pasado doña María habló con Juan, le pidió que se cuidara. Al día siguiente, Juan murió. Cada vez que le han intentado explicar las circunstancias del óbito (una bomba en un edificio que registraba con otros tres soldados), ha preferido no enterarse.
Le echa la culpa a Bush, bastante. Me sorprende su nivel de convencimiento («me ha quitado a mi único hijo», exclama). Su pena es tan grande que me dan ganas de echarme a llorar con ella. Me acuerdo que soy un editor bastante bien pagado y mi profesionalidad lo evita, pero se me aguan los ojos. No quiero seguir en esta llamada. Aunque la señora de 50 años tiene ganas de seguir comentándome cosas y fulminar contra Bush, yo ya no puedo más.
El artículo, redactado por otra persona, está aquí.

Comentarios ( 1)
La decisión de alistarse en el ejercito es personal y voluntaria, y de antemano sabes las consecuencias que eso implica, ya que USA está en guerra casi permanente con algún país del mundo. Muy triste la historia, pero en absoluto imprevisible. Porque simpre culpamos a los demás de nuestros actos o decisiones?
Por javier | 12 de Agosto 2007 a las 05:46 AM