Confieso que me sentía muy estresado. Pero la pequeña depre, al ser por lo general una persona optimista, suele estar en el armario, sin que nadie la vea. Los cambios pasan factura, y las diversas incertidumbres que dan sabor a mi vida también tienen su tara.
En fin, que el fin de semana pasado, salvo una escapadita al Metropolitano para descubrir nuevas (para nosotros) galerías, estuve metido en casa, sin ganas de hacer mucho.
Ayer empecé a salir del armario, primero con un pie para ver cómo era el mundo cruel, y ya luego de pleno. Hoy me siento mejor (eso de desahogarse y sentirse aliviado es una característica genética) y en el tren de vuelta a casa me ha pasado una cosa muy curiosa.
Un chico largucho estaba dormido en el asiento de enfrente y con sus piernas extendidas apenas cabía en mi asiento. Total, que me metí, nos rozamos un par de veces (¿coqueteaba? No lo sé) y sonreímos. Al salir en Jamaica (la estación, no el país) me despido. Ya andando por el andén, oigo su voz. Se me había olvidado la cartera y las llaves en el tren. Me salvó la vida. De haber perdido el llavero con la cartera (van juntos precisamente porque soy muy despistado), tendría que haber ido a casa andando, por ejemplo.
Resaltar estas cosas es un poco tonto, lo confieso, pero animan un montón. A mí me ha hecho sonreír bastante, y falta me hacía.

Comentarios ( 1)
Es una pena que todo el mundo no reaccione así, viviriamos en un mundo mejor.
Por javier | 11 de Julio 2007 a las 10:27 AM