Hoy tengo a una editora de vacaciones y me tengo que presentar en la redacción a la bendita hora de las 6 de la mañana. Ni sabía que tan temprano ya estaban puestas las calles, pero sí, y vaya. Debido a que los trenes de cercanías no paran en mi estación a esa hora, tengo que montarme en metro.
El metro de Nueva York intimida a los visitantes, que juzgan erróneamente la limpieza y estado de cada estación con su seguridad. Pero es una falacia hacerlo: todas las estaciones de la red están en una decadencia más o menos constante, con algunas excepciones (Roosevelt Island) Aunque hace años fue la capital del crimen, la delincuencia ha descendido en la ciudad de manera estrepitosa y lo que antes parecería impensable por su peligro ahora casi es cotidiano.
A las cinco de la madrugada esperamos en el andén unas 20 personas a la línea que nos lleve a Jamaica (el barrio y estación de Queens, no la isla). Somos casi todos obreros y un policía charla con un empleado del metro en pleno andén.
Una rata juega en los rieles, sin saber que uno de ellos le puede electrocutar. Antes me daban asco verlas pero ya sólo despiertan curiosidad ver si se topan con la descarga o no (hasta ahora, nada).
El tren llega al poco rato y con los mismos rasgos que si fueran las 12 del mediodía: un indigente duerme repanchingado en una esquina, intentando proteger sus enseres envueltos en bolsas de plástico. Un par de viajeros aéreos (en Jamaica se toma el tren ligero hasta el aeropuerto Kennedy) con cara de consternados, no sé si por la hora intempestiva o por el miedo innecesario. Varias personas echan una cabezadita; la ciudad nunca dormirá, pero sus numerosos empleados a veces sucumben a las tentaciones de Morfeo, sobre todo a esta hora intempestiva.
Un día más en Nueva York.

Comentarios ( 1)
Me sorprende que te consideres "obrero", supongo que no será por lo del horario.
Por javier | 11 de Julio 2007 a las 10:37 AM