El tren de Farmingdale sale de Jamaica (la estación de ferrocarril en Nueva York, no la isla) a las 6:26 de la mañana. En sus vagones estamos los que tenemos que trabajar en Long Island y vivimos en «la Ciudad».
Los pasajeros en dirección este somos por lo general un grupo heterogéneo, del que desagradaría a algunos comentaristas: afroamericanos e hispanos. Muchos no se pueden permitir los altos precios inmobiliarios de la «Isla», otros preferimos la gran metrópolis. Pero nuestros salarios los cobramos allí, y a ese lugar nos dirigimos todas las mañanas (es curioso como casi siempre va el mismo grupo de gente, pero eso es para otro post).
En resumidas cuentas, un 80 por ciento de los viajeros en el tren hacia el este somos de otro grupo étnico que el predominante en Long Island. El contraste se nota al entrar a la estación de Bethpage, el penúltimo pueblo antes de mi destino final. En el andén derecho los que esperan el tren de las 7:01 en dirección oeste a Nueva York tienen en su inmensa mayoría caras pálidas y pinta de homogeneidad absoluta.
Lo curioso de esta tierra (e isla en particular) es que tarde o temprano el invasor se siente invadido. Primero fueron los indígenas Shinnecocks, timados y desplazados por los holandeses en el oeste y los puritanos en el este. Después los agricultores se quejaron de los marineros balleneros que abundaban por las costas, que a su vez protestaron las oleadas de campesinos extranjeros. El legado de estos fue eclipsado por Nueva York, que no sólo exportó sus residentes sino que creó el «Trianon de Nueva York» en varios poblados que en su conjunto se les llama Los Hamptons.
Posteriormente vinieron las olas migratorias irlandesas, italianas y judías. De hecho, la población principal de la zona consiste de estos tres grupos. Cada vez que caras nuevas se instalaron en la isla, los penúltimos en establecerse pusieron el grito en el cielo.
Aunque hay bolsas de población afroamericana (con una larga huella en Long Island), los forasteros ahora somos los hispanos, que venimos no sólo en todos los colores y sabores, sino además en varias culturas (recién llegados y boricuas de segunda y tercera generación) y escalas económicas (profesionales y «esquineros» que piden empleo precario todas las mañanas).
¿Sabrán todo esto los señores blanquitos que esperan pacientemente el tren al oeste en Bethpage? Probablemente no, más bien temerán a los recién llegados con la misma intensidad que sus abuelos y padres fueron abatidos infructuosamente al instalarse por estos lares.

Comentarios ( 1)
Los flujos migaratorios son importantes para el crecimiento de las Ciudades-Estado, como en el caso de N.Y. porque aportan mano de obra barata, y gente dispuesta a hacer los trabajos más desagradables. El crecimiento consiste en eso, en "explotar a los nuevos", por lo que respeta al timo del multiculturalismo, es eso, un timo. Se produce, automáticamente, la segregación y la xenofobia. Si hay algo que produce rechazo es la pobreza.
Por javier | 4 de Junio 2007 a las 04:22 AM