Entre mi casa antigua y la nueva hay 2222 kilómetros, un número que Jardiel Poncela agradecería. Han sido un poco más debido a los desvíos a ciudades, pero el resultado final es el mismo: agotamiento. Hemos llegado en este 2 de mayo a Nueva York a las 2 de la tarde, tras una hora de espanto en el puente George Washington. Mientras en Miami hoy el mercurio alcanzó los 32 grados, hoy aquí estamos a 20 grados agradables.
Como nos dan el apartamento el viernes, nos estamos quedando en un hotel cercano. Hemos cenado en un restaurante de barrio con un ambicioso menú (sobre todo para un local donde habían tres empleados en total), y aparte de riquísimo, barato. Las escenas parecían sacadas de Smoke o Blue in the Face.
Al llamar a la empresa del móvil para cambiar el número (en EE.UU., los números móviles son «locales», es decir, tienen prefijos como si fueran números de teléfono normales), me dice la operadora que no puede hacer el cambio, pero que se hará en los próximos dos días.
- ¿Me puede dar el número de móvil nuevo?
- Bueno, el nuevo no lo tengo todavía, pero le puedo dar el antiguo...
- Señorita, obviamente tengo el antiguo, porque es el de toda la vida. Me hace falta el nuevo para decirle a la gente a dónde me tienen que llamar.
- No lo tengo aún...estará en dos días.
- ¿Me pueden llamar antes de cambiarlo?
- Sí, le llamaremos.

Comentarios ( 1)
En Europa con esas distancias cambiarias tres o cuatro veces de pais, de lengua y de cultura.
Por javier | 3 de Mayo 2007 a las 10:59 AM