Este artículo del Washington Post (vía fogonazos) me ha llenado de tristeza.
Relata cómo el diario puso a uno de los mejores violinistas clásicos de Estados Unidos a tocar el violín por tres cuartos de hora en una estación de metro de la ciudad. Pasaron mil personas y sólo una le reconoció, y eso que tocó piezas del repertorio básico.
Un experto (no varios) pensó que formaría un corro de espectadores debido a su pericia, pero nada de eso. Ni dos personas se formaron para presenciar al portento Joshua Bell. Salvo por la señora que le reconoció (y que le dio 20 dólares), apenas recaudó 12.
Independientemente de la moraleja obvia de que hoy vamos todos muy deprisa y no nos paramos a apreciar nada, me ha puesto triste porque a mí me pasaría lo mismo. Seguramente (y eso que conozco la cara de Bell) hubiera pasado de largo, inmerso en mi ansiedad de llegar al andén. ¿Cuántas veces no me habrá pasado lo mismo en los largos túneles peatonales de Núñez de Balboa y de Nuevos Ministerios? Me acuerdo de varios en el pasillo de Goya, entre la línea 2 y la 4.
Cierto, no creo que tocaran muy bien, pero la prisa, la tacañería y la mala acústica de un pasillo del transporte público conspiran para facilitar el paso ligero. Y si luego añadimos la cacofonía de una estación de metro, pues apaga y vámonos.

Comentarios ( 1)
A lo mejor la explicación es más cruel. La musica clasica interesa - por incultura - a poca gente. No tengo nada claro que pasara lo mismo si fuera una "tía buena" destrozando cualquier canción pop pegadiza y actual.
Por javier | 10 de Abril 2007 a las 11:15 AM