Cuando tenía ocho años, me hice fan de Yo, Claudio, la serie televisiva británica sobre las dos novelas de Robert Graves. A los pocos meses de terminar, me compraron los libros, que viéndolos ahora no son muy aptos para un niño de esa edad. Desde entonces me fascina la historia.
Se puede argumentar que el trato que le dio Graves a su Claudio no fue del todo histórico (hizo piruetas para justificar su maltrato de Británico), pero el caso es que el autor sabía lo suyo: fue el traductor de Suetonio, y se asió a los detalles más jugosos.
Posteriormente me leí la biografía de Claudio de Barbara Levick, en la cual argumentaba que Claudio no era tan ingenuo y puro.
Por eso cuando vi que HBO sacaba una carísima producción, pensé que será algo en la misma frecuencia. Al principio todo bien, Ciarán Hinds como el populista de Julio César fue un acierto. Pero luego empezó la simplificación, la alteración y los cérros de Úbeda (perdón, Salaria). El tenue equilibrio entre los patricios y plebeyos es obviado por temas de carne que no existieron.
Y el episodio final ha sido tan ridículo que me dan ganas de ver Yo, Claudio. HBO y otras productoras han decidido no rodar una tercera temporada de Roma. Menos mal.
