David Beckham se va del Real Madrid para ir a una ciudad que no tiene tradición futbolística y mucho menos una afición contundente.
Después de decepcionar como merengue, va a la capital del espectáculo en EE.UU. Beckham me recuerda mucho a Donald Trump, otro que ha sabido promocionar su nombre muy por encima de sus capacidades.
Trump empezó con un imperio inmobiliario (despertando el resentimiento de muchos neoyorquinos, quienes le responsabilizan por la especulación inmisericorde del suelo) y si no fuera por su incansable autopromoción, ya se hubiera declarado en bancarrota hace años.
De hecho, su cadena de casinos se declaró insolvente en 2004. Trump, demostrando su espíritu indomable, recalcó en ese entonces que «era un triunfo».
De Beckham y la enorme decepción del Real Madrid no voy a decir nada, salvo señalar que desde que dejaron a un entrenador por tener pinta de cazurro, las cosas no han ido nada bien.
Pero tanto Trump como Beckham son emblemáticos de la nueva sociedad, donde importa más la imagen que los logros. Los últimos no vienen mal, pero si no te autopromocionas eres un mierda. Existen estas personas a todos los niveles, cumpliendo a veces con el principio de Peter. Cuando preguntas, maravillado, cómo tales ineptos han llegado tan lejos, la respuesta es casi invariable: «se promocionan bien».
Trump y Beckham no son ineptos, ni mucho menos, pero, repito, tienen un aura de capacidad superior a su rendimiento actual.
