Hace mucho tiempo, en un lugar muy lejano, un amigo se ofreció a conducir un tramo difícil. La lógica para que lo hiciera era aplastante: conocía al parecer el país, tenía mucha experiencia para conducir campo a través y desbordaba confianza.
Íbamos a un punto casi mítico, que nos conduciría a otra carretera y nos evitaría unos 150 kilómetros. Pronto, como era de esperar, la carretera se convirtió en camino, el camino en sendero y poco después, en desierto. No había referente alguno, tan solo la cara de certeza del conductor, a quien llamaré, a efectos de relatar lo sucedido, Vicente.
Chocábamos matorrales, rozábamos arena y parecía que en cualquier momento nos íbamos a estrellar. Vicente seguía como si nada, tan pancho y con plena fe. Nos encontramos con una acequia y paramos brevemente. Le pregunté a Vicente, con mucho tacto, que si sabía lo que hacía y, más importante, dónde nos estaba llevando.
Vicente contestó con aplomo que sí, que había encontrado este tipo de carretera antes y que «seguro» que la carretera perdida estaba por aparecer en cualquier momento. «Tenemos que ir por aquí para evitar dar tanta vuelta». Mi compañero de viaje y yo nos miramos con inquietud. Pero como Vicente estaba mucho más seguro que ambos, no dijimos mucho, salvo pedirle que fuera más despacio.
Vicente, sin embargo, siguió yendo a toda pastilla, y en un par de ocasiones estuvimos a punto de volcar. Encontrar la dichosa carretera era una cuestión de fe y, viéndolo en el mapa, parecía lógico que hubiera una carretera por ahí.
Minutos más tarde, encontramos paredes escarpadas y un desfiladero apenas apto para ganado cabrino. La aguja de la temperatura del agua empezó a subir entre acelerón y el camino se puso peor. Había pasado casi una hora desde que emprendimos la aventura y le pedí a Vicente que parara.
Esta vez se puso furioso. Mis dudas (las de mi compañero también) ponían en tela de juicio su capacidad como experimentado conductor. La carretera, decía, TENÍA que estar al llegar. Entonces, ridículamente, empezó a aludir a cuestiones de fe: su intuición combinada con su experiencia y autoridad era superior a nuestra incertidumbre. Además, ¿quién sabía salir de ahí?
El tercero y yo nos miramos. Conocíamos a Vicente desde hacía unos meses, parecía una persona sensata. Es difícil definir la duda que sentíamos y la preocupación. Era, casi, una cuestión de fe.
Le pedí a Vicente las llaves, y esto produjo una discusión de casi cinco minutos. Los hombres tenemos una especie de pegamento genético que nos impide soltar con facilidad el volante o los controles remotos. Tardamos casi dos horas y media en retomar la carretera, y durante días Vicente nos recordó la situación, como si hubiera tenido razón.
Tardé un año en descubrir que, efectivamente, la carretera no existía, gracias a las personas de la zona y a Google Earth.
Cada vez que pienso en Irak, me acuerdo de la angustia de ese momento con Vicente. Cada vez que leo que sólo Bush puede encontrar el camino, más todavía. A veces se confunde la terquedad con la constancia y la perseverancia con la obstinación.
Al final, como Vicente, Bush culpará a todo el mundo menos a él. Estoy seguro que si me lo encuentro y le invito a una sesión de Google Earth con nuestro trayecto fallido, dirá que las fotos están equivocadas.
La política externa y militar, al igual que la conducción en un paraje desconocido, no es cuestión de fe, sino de competencia.

Comentarios ( 2)
Siguiendo con tu ejemplo, sugieres una retirada de Irak y abandonar a los Irakies a su suerte, probablemente a un posible genocidio a manos de la facción dominante, y ya puestos porque no abandonar Afganistan y que vuelvan los Talibanes - respetan a las mujeres y a los gays - Eso se llama "salir por patas" y está bien para un par de turistas, pero no para USA. No vale el ejemplo, es sectario.
Por javier | 27 de Noviembre 2006 a las 02:41 PM
Hmm, no he dicho nada de Afganistán. En cuanto a Irak, ya la retirada de Estados Unidos da casi igual, en el país se ha desatado una guerra civil. A lo que voy, que al parecer no cala, es que no se puede triunfar sobre las fuerzas del mal con incompetencia y arrogancia. En lugar de aprender de sus errores, Bush los ha multiplicado. Es muy lamentable.
El problema ya no es el trayecto, sino el conductor, que no se adapta a las circunstancias, y ve todo en blanco y negro. Y encima pide que se tenga fe.
Por Emilio | 27 de Noviembre 2006 a las 03:08 PM