Hace unas seis semanas me invitó un organismo del gobierno cubano para ir a un seminario de huracanes para esta semana entrante. Contesté positivamente, pero tardaron varias semanas. Nunca me dijeron que me hacía falta una visa especial, aunque pregunté.
El lunes, ya con los billetes sacados, me entero que hace falta una visa especial de periodista, que vale 100 dólares. La empiezo a tramitar en la Sección de Intereses de Cuba en Washington, pero nadie me contesta las llamadas o los correos. La coordinadora del seminario tampoco me contesta.
Entonces lo empiezo a tramitar desde Ciudad de México, y ayer me contestan que mi visa es denegada. ¿Razón? «La Habana no dio razones».
Me había abstenido de escribir aquí la posibilidad porque el viaje me daba mala espina, al igual que el gobierno de la isla. No sé por qué me la denegaron, pero intuyo que fue por mis cinco años en el periódico El Nuevo Herald. Durante varios meses le transcribía los apuntes a Raúl Rivero mientras me los dictaba por teléfono, y la operadora preguntaba por mí. Esto parece un ribete de paranoia, pero en mi solicitud de visa me pidieron un currículum, en el cual incluí mi escala en el Nuevo Herald.
Ahora, mi pregunta es esta, si vas a invitar a periodistas, ¿no les deberías tramitar la visa? Es bastante esquizofrénico invitar por un lado y por otro negar la entrada. Conocía la falta de transparencia y ánimo totalitario del gobierno, pero no me había dado cuenta de la aplastante burocracia. Tiene que ser verdaderamente angustioso vivir en ese país.
