Podría haber sido mucho mejor. Al final la trama tiene tantos huecos que parece un colador (mi laguna inexplicable, ¿cómo en una sociedad totalitaria logra una doctora forense cambiar de identidad como si nada?), pero no hay que llegar con lógica, hay que saber llegar. Y V quiere llegar porque tiene algo que contar y aunque no lo hace del todo bien, ganas y ritmo no le faltan.
Pongamos que el espíritu de Buenaventura Durriti se mezcla con James Bond (a cuyo género V le debe mucho) y se viste de Fantasma de la ópera. Se topa con una heroína en apuros, personalizada por Natalie Portman. Aconsejo a la actriz que todos sus papeles los desenvuelva en Londres, porque se le dan bien.
Aparte de pequeños homenajes a The Shawshank Redemption y al Matrix, por supuesto, la peli es una especie de bicicleta cuyo conductor tiene los pies atados a los pedales. Sabe que no le queda otra que moverse lo más rápido posible porque si se detiene a explicar mucho algo, se caerá.
Va rauda a contar lo suyo, y aunque a veces se tambalea (a Hollywood se le va siempre la mano al contar estas cosas), su nihilismo libertador cumple su meta. Luego es mejor no mirar hacia atrás para ver cómo lo ha logrado.
