En abril de 2005, convencí a Josh para que invirtiéramos en ventanas nuevas, antiimpacto y resistentes a huracanes hasta de categoría tres. Me olía que íbamos a tener una temporada movidita. El 2 de ese mes, cumpleaños de mi amiga Isis, las aboné por completo en la mayor cadena de tiendas de menaje de EE.UU.
«Mejor tramite usted la licencia municipal de instalación, será más rápido», me dijo el vendedor.
Cuatro meses, templados por un divorcio y otras dolencias, no me llevaron a ninguna parte con el instalador. Sin sus datos básicos, no podía tramitar el permiso.
Total, que pagué 300 dólares más y acordaron, el 18 agosto, tramitar ellos todas las licencias. A partir de ahí ha sido toda una odisea. Primero sufrir a Katrina con las ventanas viejas, y luego agitar al subcontratista para que lo obtuviera.
La ineptitud se multiplicó: primero tardaron dos meses en enviar los impresos para que notarizara la firma, y luego una comedia de errores: se equivocaron de municipio, luego no aportaron documentos.
A partir de diciembre decidí, dentro de mi pasividad, que esto ya se pasaba de castaño oscuro y me convertí en una espinita para la instaladora. No me sirvió de mucho, pero ya luego me queje ante dos instancias públicas. Resultado: hoy, 11 meses y una semana después, por fin tengo las ventanas.
Las mosquiteras están un poco rajadas (llevan casi 10 meses en un almacén), pero el caso es que ya las están terminando de instalar.
Si tuviera el tejado arreglado (ahora espero al perito), podría afrontar la temporada, que empieza el 1 de junio, con mayor serenidad.

Comentarios ( 1)
Hombre, pues me consuela pensar que la ineptitud, el "vuelva usted mañana" y la chapuza no son vicios exclusivamente españoles. El Corte Inglés te hubiera instalado las ventanas en días. Es más caro, eso si.
Por Alfredo | 10 de Marzo 2006 a las 12:52 PM