Era un verano de 1980 cuando vi Xanadú, con Olivia Newton-John, por primera vez. El vuelo de Iberia Madrid-Miami no era el lugar óptimo para hacerlo, pero nada más empezar me quedé medio tonto pendiente de la película.
No era para tanto, objetivamente no es un buen largometraje, pero las secuencias de la magia, de la combinación de la música antigua y moderna, de Gene Kelly bailando y la Electric Light Orchestra me hipnotizaron. Mi personalidad me estaba intentando dar un aviso de que iba a ser un chico «diferente», pero como ya me suponía rarito en otros apartados, no hice mucho caso.
La vida también me intentó dar terapia de shock a tan temprana edad (12 años): el vuelo sufrió enormes turbulencias y acabé en el baño en un par de ocasiones. Se agitaba tanto la aeronave que hasta se interrumpió la película. Pese a la amarga experiencia aeronáutica, no hizo mella en mi interés por la película.
Poco después compré (bueno, me compraron) el álbum de la banda sonora, con ELO. Xanadú, con su tipografía olbicua, estaba gofrada en la parte superior. Todavía suspiro cuando me acuerdo de cómo le pasé el dedo (al disco, claro) por primera vez.

